Ansiedad de Dios

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Junto a mi casa, en el rígido embrión

de una arquitectura desolada,

y a la misma hora cada madrugada,

todos los perros, desesperadamente,

ladran a la pupila blanca

del cielo-noche.

Es una jungla

de ecos y colmillos que hienden,

como arrecifes blancos, el viento

arremolinado y frío.

Gimen largamente,

en el violín de sus gargantas,

una estremecedora cantata de angustia

desde más allá de sus corazones y su tiempo.

Me estremece su coro ronco y animal,

me arranca de todo pensamiento

y me arroja en un valle nocturno

y prehistórico, donde los universos

se expresan en impulsos

de una ley astral y destructora.

Instantáneamente todo termina.

Una acerada batuta

enmudece ecos, acorta voces,

hace explotar el silencio atronadoramente.

Los corazones expanden y contraen sus cúpulas

a un nuevo compás,

hasta formar un cerco inexorable.

Sólo una estrella parece escapar, temblando,

fuera de todas las quietudes.

Y yo quisiera, cascabel y plata,

permanecer inmemorial con esa estrella.

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