Arruinados en la ciudad que observa tranquila

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Las personas, en general, corremos el riesgo de ser absorbidas por nuestros contextos. Fusionarnos con nuestras circunstancias hasta el punto de creérnoslas, y no en el sentido de dudar que son ciertas, una realidad concreta. Más bien, me refiero a ese tipo de creencia común que lleva al riesgo de asumir. Asumir, como les pasaba a los discípulos, que el enfermo, lo es por su pecado o por el de sus padres. O como el viejo pescador de Hemingway, que asumía sus dotes marineras antes que sus limitaciones fisiológicas.

En The Undoing (‘La Ruina’), este ejercicio de asunción de las circunstancias lo protagoniza una encantadora familia de clase alta, que vive en Manhattan, y que parece estar exenta de los problemas asociados a la condición más básica de los humanos. ¿Qué mal puede ocurrir en un hogar en el que la madre es una reputada psicoterapeuta, el padre un reconocido oncólogo infantil y el hijo va a un colegio que cuesta 50.000 dólares al año y toca el violín?

Susanne Bier, ganadora de un Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 2010 por En un mundo mejor, dirige esta miniserie de HBO escrita por David E. Kelley, creador también de Boston Legal, Ally McBeal y Big Little Lies. Bier y Kelley consiguen crear ese marco en el que, de entrada, el espectador fantasea con lo idílico de personas que parecen ser inquebrantables, pero a medida que se introduce en la historia acaba abrumado por la realidad de la ruina que representa la realidad de la naturaleza pecaminosa.

#A1c#[photo_footer]Aunque la forma en la que se manifiesta el pecado en ‘The Undoing’ nos parece visceral y extrema, nos habla de nuestra ruina espiritual común. / Fotograma de la serie, HBO.[/photo_footer]

Lo inesperado de nuestra ruina

En realidad, siempre somos sorprendidos por esa ruina que se manifiesta a través de nuestro pecado. Lo original que plantea The Undoing no es la historia en sí, ni sus personajes. Más bien, es todo bastante común. Lo característico, sin embargo, está relacionado con el papel que ocupa la ciudad. Tan grande, tan estática, tan fría, permanece inmutable ante la caída de su habitante, de ese ser humano en el que se manifiesta con poder lo más básico de su condición.

En cada capítulo hay una serie de planos fijos intercalados. Son como un punto de observación de lo que pasa en la ciudad, mientras los protagonistas de la historia se sumen en una espiral de desesperación. Aparecen algo difuminados y muestran un paisaje común: gente cruzando por un paso de cebra, un paseo transitado o las puertas de una gran edificio que esperan ser abiertas y traspasadas.

Muestran que la ciudad sigue durmiendo tranquila, continúa con sus rutinas habituales, con los taxistas enfadados y los parques abarrotados de niños, mientras al mismo tiempo se produce la mentira, el engaño el adulterio y el asesinato. La realidad de lo que es el pecado, en resumen. Algo parecido a lo que decía el profeta Sofonías cuando exclamaba acerca de Nínive: “Esta es la ciudad alegre que estaba confiada, la que decía en su corazón: ‘Yo, y no más’. Cómo fue asolada, hecha guarida de fieras” (2:15).

#A2c#[photo_footer]Mientras se produce la manifestación del pecado, de esa ruina espiritual, la ciudad observa, tranquila, y sigue con su rutina. / Fotograma de la serie, HBO[/photo_footer]

Nuestra ruina no es perpetua

El final The Undoing es lo más estremecedor porque conduce a la reflexión de si esta ruina que manifestamos es perpetua, o si hay una solución. Lo obsceno de una ciudad que solamente observa, que vive tranquila y de espaldas a la realidad de nuestra ruina espiritual, es que tampoco puede proveer una restauración. De ahí que sea llamativo el esfuerzo que algunos, como Timothy Keller, han realizado en las últimas décadas por estructurar una teología eficaz de la ciudad.

La Biblia enseña que no somos abandonados en el reconocimiento de nuestra ruina espiritual. El compromiso de Dios por medio Jesús es de carácter eterno y sobrepasa la crudeza con la que hemos manifestado el pecado. Cristo no permaneció de espaldas a la condición espiritual de la ciudad que le insultaba y le rechazaba, sino que salió fuera de ella, a ocupar el lugar que le correspondía. Que nos correspondía a todos.


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