Auténtico e irremplazable

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Auténtico e irremplazable

Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo:

Ya no tienen vino.

Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —respondió Jesús—. Todavía no ha llegado mi hora.

Su madre dijo a los sirvientes:

Haced lo que él os ordene.  Juan 2:3-5

Sigo con la serie, lenta y con calma, deteniéndome en los detalles y en aquello que aparentemente no tiene demasiada importancia y que, sin embargo, cuando uno se fija le cautiva.

Sé que ya llevamos varios siglos de debate sobre el Jesús histórico, y no quiero desmentir ni menospreciar esas dudas legítimas. Sin embargo, en nuestra obsesión por mitificar todo lo relacionado con Jesús, nos perdemos las huellas más genuinas de su humanidad.

Jesús fue auténtico e irremplazable; lo era en su naturaleza, en sus milagros, pero también en su personalidad. No podemos pretender construir artificialmente a un Jesús carente de su propio carácter, en lecturas sesgadas, en vueltas innecesarias de tuerca.

La teología es una bendición, pero en malas manos también es una maldición. No solo se vuelve aburrida, sino completamente irrelevante, e incluso nos acaba desviando del verdadero mensaje.

Pretender sacralizar a Jesús hasta el extremo de despojarle de sus rasgos de carácter, de su cultura judía, sus maneras… no nos beneficia. A Jesús le gustaba comer y beber. Seguramente alguna vez se clavó una astilla, o se torció un pie.

Tuvo que tratar con su madre igual que a muchos les ocurre con las suyas: con paciencia, y más o menos acierto, y salvando las distancias generacionales por seguir manteniendo en pie el respeto y el amor.

No me digáis que no es eso lo que vemos en esta conversación de Jesús con María. No me digáis que no veis, como yo, las decenas de conversaciones que tuvo que haber debajo de esta de la que somos testigos, durante años, durante la convivencia, durante la familiaridad.

No me digáis que en la elipsis entre la queja de Jesús (“¿eso qué tiene que ver conmigo?”) y la orden de María a los sirvientes (“Haced lo que él os ordene”) no veis, como yo, un lenguaje no verbal omitido: la mirada, el gesto de queja de Jesús, pero no una queja destemplada, sino relevante; quizá un roce, una mano que se apoya en la otra, dando a entender que María no va a ceder hasta que diga que sí.

La mueca, la cabeza ladeada. Imaginaos la escena, ahí está todo.

Como todo hijo que conoce a su madre en la intimidad, en los gestos, y no solo en las palabras, Jesús y María conversaron mucho más allá de las palabras que aquí que se registran.

Puede que no tengamos la puerta abierta al Jesús histórico, pero sí tenemos una ventana a un Jesús completamente verídico y auténtico. Solo hay que fijarse en los detalles.

Supongo que, si os fijáis, como yo, también veis las conversaciones antiguas, quizá de años, que reverberan hasta aquí. María va a Jesús a avisar de la desgracia de que se acabe el vino, porque conoce su naturaleza, su poder.

Lo conoce en privado y da por hecho que le gusta ayudar en esas cosas, de un modo que solo él sabe.

Da por hecho que, aun siendo adulto, Jesús es un buen hijo que hace caso, respeta y escucha a su madre, aunque el modo de obedecerla sea haciendo “uno de sus milagros”.

La queja de Jesús refleja que ya habían hablado de esto mismo antes, de mostrar su poder en público, decenas de veces.

Y luego viene esa maravillosa elipsis, y María se dirige a los sirvientes, sin haber conseguido una aprobación verbal de que Jesús le hará caso. No hace falta.

La aprobación ha ocurrido en la intimidad de los gestos conocidos. Jesús hace caso a su madre, y convierte el agua en vino en un encuentro absolutamente “banal”, o al menos eso nos parece a nosotros, que nunca nos enteramos de nada.

Mucha gente se ha preguntado a lo largo de la historia qué necesidad había de explicar en el evangelio de Juan este pasaje bizarro de las bodas de Caná.

Se ha dicho que es la primera de las señales, de las grandes del libro de Juan que certifican que Jesús es el Mesías, el hijo de Dios.

Y sí, obviamente, tiene sentido. Pero también es una puerta abierta, una brisa fresca, que nos acerca al Jesús de carne y hueso que fue, y es, capaz de enamorarnos.


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