De parte de Dios

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Hubo un hombre enviado de parte de Dios, el cual se llamaba Juan…

Juan 1:6

¿De qué sirve teorizar tanto acerca de cuándo estamos recibiendo un mensaje, una indicación o palabra de parte de Dios, si luego hacemos lo que pasó en su momento con Juan el Bautista, y lo ignoramos?

Hay que ver lo curiosas que son a menudo las propuestas de Dios: para dar anuncio del mayor milagro de todos, del suceso más impactante de la historia, que es Jesús, pone como portavoz suyo a un tipo raro, excéntrico, visto como un loco maniático por sus contemporáneos.

Pero es que hoy veríamos con peores ojos aún a Juan. Pasaríamos por alto su mensaje, porque su imagen nos parecería totalmente inadecuada. Sus detractores, segurísimos de tener toda la razón, asegurarían que le falta carisma, estilo o cualquiera de esas palabras salidas de un manual de marketing.

Pero la enseñanza de Dios está en que aquel que es de Dios, ve las cosas de Dios. El que no, anda esparciendo oscuridad y bulos a su alrededor.

A la gente no se la reconoce como divina por su imagen, sino por sus frutos. Y no hubo mejores frutos que los de Juan. Su llamamiento para el pueblo no fue a la conquista, ni a la victoria, ni a un futuro glorioso como nación, sino al arrepentimiento; y ese arrepentimiento, con los ojos puestos en Jesús, se enlazaba directamente con una realidad muy superior a la de nuestras vidas cotidianas, a la de nuestros momentos históricos que, en el fondo, son tan fugaces como una brizna de hierba al viento.

Creo que hoy, a menudo, tampoco reconocemos a un profeta verdadero ni cuando lo tenemos delante. No siempre, claro. Hay quienes sí los reconocen, porque están afinados con Dios. Como los instrumentos: solo hacen buena música cuando están afinados en la nota adecuada, cuando hay armonía en ellos. Así nos pasa a nosotros. Al igual que con Juan, los profetas de hoy también son incómodos, y a menudo no utilizan ni el lenguaje ni los símbolos a los que estamos acostumbrados, y por eso nos parece que están mal. Pero cuando nos afinamos con Dios, cuando a través de Jesús encontramos paz, armonía y reconciliación en ese arrepentimiento, podemos verlos.

Conozco a muchos hombres y mujeres enviados por Dios, como Juan. Quizá no a la altura de Juan, pero sí con su propia dignidad y valor. Ojalá hubiera más de ellos en el mundo, sinceramente.

Pero estos nuevos enviados por Dios también tienen una cosa en común con Juan: no se les entiende, no se les acepta. Creo que, en general, se nos ha olvidado cómo estar afinados con Dios para poder recibirlos, aceptarlos y abrazar la bendición de su sabiduría. Somos como guitarras mal afinadas: sonamos, sí, e incluso podemos hacer música. Y en solitario, sin ningún otro instrumento cerca, no se nota que estamos desafinados; sin embargo, en cuanto nos ponemos al lado de otros instrumentos, somos incapaces de sonar bien. Entonces se descubre que, aunque no lo parecía, realmente sí que estamos desafinados.

Hoy oro para que Dios me dé un poco más de sabiduría, para poder estar un poco más afinada con él y, sobre todo, para no perderme por culpa de mis prejuicios las palabras ni las obras de ninguno de estos enviados por Dios de hoy. Los necesito más que nunca.

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