Dina

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Dina

La de Dina es una historia de sexo, amor y crimen. Con esta historia Agatha Christie habría escrito una de sus mejores novelas.

En el libro del Génesis, primero de la Biblia, Siquem era nombre de persona, en este caso de un príncipe, y nombre de una ciudad. Era antigua ciudad cananea en los montes de Efraín, entre los montes Ebal y Gerizim. En aquella época la ciudad estaba considerada como importante nudo comercial en el centro de Palestina. Arrebatada por Israel a los cananeos durante los seis primeros siglos de nuestra era, fue un centro floreciente del cristianismo. Los musulmanes la conquistaron en el siglo XII.

Jacob era hijo de Isaac y nieto de Abraham. De mayor engañó a su hermano Esaú arrebatándole la primogenitura, por lo que Esaú prometió matarle. Temiendo por su vida, la madre, Rebeca, lo envió a Harán, ciudad de Mesopotamia en la Turquía oriental de hoy. Allí vivía un tío suyo. Jacob contrajo matrimonio con dos de sus hijas, Raquel y Lea. Después de años tumultuosos en los que siguió engañando y también fue engañado, salió de Harán y se instaló con su larga familia en tierras de Siquem. Así lo cuenta la Biblia. “Después Jacob llegó sano y salvo a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaan, cuando venía de Padan-aram; y acampó delante de la ciudad. Y compró una parte del campo, donde plantó su tienda, de mano de los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas” (Génesis 33:18-19).

Con la intención de instalarse allí definitivamente Jacob levanta un altar a Jehová. Al mismo tiempo establece puntos de amistad con los gobernantes de la ciudad y con sus habitantes.

Pasa el tiempo.

Hamor, rey de aquellas tierras, dio una amable acogida a Jacob y le ofreció hospitalidad. Tenía un hijo al que la Biblia da el título de príncipe. Ostentaba por nombre el mismo de la ciudad, Siquem.

Entre las hijas de Jacob destacaba Dina, joven de gran belleza, sumamente atractiva. Era hija de Jacob y de Lea.

Un día Dina decidió irresponsablemente salir del entorno donde la familia vivía y adentrarse en la ciudad en busca de chicas jóvenes con quienes entablar amistad. Quiso su mala estrella que en la ciudad se topara con el joven príncipe Siquem. El príncipe “la tomó, se acostó con ella y la deshonró” (34:2). ¿Dónde tuvo lugar la violación? ¿En el campo? ¿En casa del príncipe? En este caso ¿la secuestró y la llevó hasta la vivienda? ¿Puso Dina alguna forma de resistencia?

La ley que Jehová dictó a Moisés establecía las siguientes normas en caso de violación: “Cuando algún hombre hallare a una joven virgen que no fuese desposada, y la tomare, y se acostare con ella, y fueren descubiertos, entonces el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta piezas de plata, y ella será su mujer” (Deuteronomio 22:28-29).

El príncipe Siquem no era hebreo, la Ley del Deuteronomio no le afectaba. Le afectó otra ley más poderosa: la ley del corazón, la ley del amor: “Su alma se apegó a Dina, la hija de Lea, y se enamoró de la joven, y habló al corazón de ella” (34:3).

Hay un tipo de violador emparentado con los borrachos, que después de vaciar una botella se creen obligados a reverenciarla. Este no fue el caso de Siquem. Después de la violación habló con Dina, admitió su culpa, le dijo que su alma había quedado unida al alma de ella, que la pediría en matrimonio a sus padres. Así es el amor, como la lanza de Aquiles: hiere y cura.

Cuando Jacob supo lo ocurrido a su hija Dina guardó momentáneamente silencio, esperando que sus hijos regresaran del campo. Cuando volvieron, el padre de Siquem, Hamor, habló con ellos. Les dijo: “El alma de mi hijo Siquem se ha apegado a vuestra hija, os ruego que se la deis por mujer” (34:8).

Aquí observamos los buenos deseos de Hamor. No niega la violación, pero quiere un arreglo pacífico. Habla del amor de su hijo por Dina. Insiste en el matrimonio de ambos y abre generosamente el camino a futuros matrimonios entre jóvenes de ambos pueblos: “Emparentad con nosotros, dadnos vuestras hijas y tomad vosotros las nuestras” (34:9).

Después del padre habla el hijo, el ofensor enamorado. Siquem dice al padre y a los hermanos de Dina: “Halle yo gracia en vuestros ojos y daré lo que me dijerais. Aumentad a cargo mío mucha dote y dones, y yo daré cuanto me dijerais; y dadme la joven por mujer” (34:11-12).

Muy noble la actitud de Siquem. Su amor por Dina salta a la vista. Amplia las condiciones mencionadas por el padre. Está dispuesto a pagar toda la dote que Jacob y sus hijos quieran fijar, tanto la dote en si como regalos a la familia de Dina. Reconoce con delicadeza su culpa y el consiguiente deseo de desposar a la joven, porque la amaba. En el amor existe esta entrega, porque el amor es la más noble flaqueza del sentimiento.

Sexo y amor. Ahora llega el crimen, los crímenes.

Dos hijos de Jacob, Simeón y Leví, interlocutores en la defensa de Dina, actuaron con engaño pensando en la monstruosidad que proyectaban. Conciben la idea fija de la venganza. Aceptan el matrimonio de Dina con Siquem con una condición: que se circunciden ellos y todos los habitantes de la ciudad, porque La ley de Jehová prohíbe la unión de una mujer hebrea con un hombre incircunciso. A Hamor y a Siquem, hombres sin malicia, les pareció bien la propuesta. Siendo como eran, gobernantes de la ciudad, se dirigieron a todos los varones y los pusieron al tanto de lo pactado. Les dicen: “Estos varones son pacíficos con nosotros y habitarán en el país y traficarán en él…. Más con esta condición consentirán estos hombres en habitar con nosotros, para que seamos un pueblo: Que se circunciden todo varón entre nosotros, así como ellos son circuncidados…. Y obedecieron a Hamor y a Siquem y circuncidaron a todo varón” (34:22-24).

El primero en ser circuncidado fue Siquem. Lógico. Locamente enamorado de Dina habría hecho cualquier cosa que se le pidiera con tal de tenerla como esposa.

Llega la criminal matanza: “Al tercer día, cuando sentían ellos el mayor dolor, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada, y vinieron contra la ciudad, que estaba desprevenida, y mataron a todo varón. Y a Hamor y a Siquem, su hijo, los mataron a filo de espada…. Y saquearon la ciudad…. Tomaron sus ovejas y vacas y sus asnos y lo que había en la ciudad y en el campo, y todos sus bienes. Llevaron cautivos a todos sus niños y sus mujeres, robaron todo lo que había en casa” (34:25-29).

Los crímenes perpetrados por Simeón y Leví son insostenibles a la luz de las leyes dictadas por Jehová a Moisés. La cruel represión llevada a cabo por estos hermanos no tiene atenuantes. Además, después de la matanza se dieron al pillaje. Como vulgares saqueadores robaron todo lo que encontraron de valor y se llevaron cautivos a mujeres y niños. Una de las páginas negras de la Biblia. Los crímenes fueron condenados por el propio Jacob. El capítulo 49 de Génesis contiene los dichos que pronunció sobre sus hijos poco antes de morir. Cito la versión bíblica de los profesores de Salamanca. Cuando llega a Simeón y Leví, dice de ellos: “Simeón y Leví son hienas, instrumentos de violencia son sus armas. No entre mi alma en sus designios ni se una mi corazón a su asamblea, porque en su furor degollaron hombres y caprichosamente desjarretaron toros. Maldita su cólera por violenta, maldito, por cruel, su furor” (Génesis 49:5-7).

Lo confieso. En toda la historia que estoy contando quedo perplejo al llegar al versículo 26 en el capítulo 34 de Génesis. Cuando los dos abominables hermanos terminaron de matar a los habitantes de la ciudad, el citado versículo dice: “Tomaron a Dina de casa de Siquem y se fueron”.

¿Qué hacía Dina en casa del hombre que la había violado? Quiero creer que desde el tiempo en que los hermanos tuvieron noticia de la violación, los tratos que siguieron, la circuncisión, los tres días que los circuncidados estuvieron enfermos, la matanza, que llevaría su tiempo, tiempo de sangre, pasaría como mínimo una semana. Al tener noticia de la violación y no ver a Dina en casa del padre, lo más lógico, fieras como eran, es que hubieran ido inmediatamente a rescatar a la hermana de un posible secuestro. Por otro lado, hombre noble como era Siquem no lo imagino como secuestrador.

¿Entonces?

Entonces ocurriría que el amor le había llegado también a ella. Siquem era un joven atractivo, príncipe muy rico. Al comprobar la forma en que la trataba después de la violación pasaría lo que escribió Mika Waltari, autor de la famosa novela Sinué el egipcio: “El valor del amor hace desbordar todas las situaciones, haciéndonos conocer nuestra propia naturaleza”.

Permítanme concluir esta historia en rosa y negro con final feliz: la violada se enamoró del violador.


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