El grano de mostaza

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Otra parábola les refirió, diciendo:

El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza,

que un hombre tomó y sembró en su campo;

el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas;

pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas,

y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo

y hacen nidos en sus ramas. (Mt. 13:31-32)

El término griego sínapi, σίναπι, es de origen egipcio y se refiere a la “mostaza” (Mt. 13:31; 17:20; Mc. 4:30-31; Lc. 13:18-19; 17:6). Mientras que en hebreo, la palabra usada para mostaza es de origen sirio, jardal, חַרְדָּל.

Se trata de una planta perteneciente al género Brassica, del que en Israel se conocen cuatro especies (Brassica cretica, B. rupus, B. tournefortii y B. nigra). Esta última especie de mostaza parece ser la que se menciona en el Nuevo Testamento.

En efecto, la mostaza negra (Brassica nigra) tiene unas semillas pequeñas de tan solo un milímetro de diámetro pero, al germinar, cosa que hacen con rapidez, se convierten en arbustos de tres a cuatro metros de altura, capaces de albergar nidos de pinzones y jilgueros. Los hebreos tenían la costumbre de cultivarla en sus huertos y jardines.

La mostaza negra, llamada también “ajenabe” es una planta herbácea anual que se cultiva por sus pequeñas semillas picantes, usadas como especias. Se cree que es originaria de la región mediterránea, aunque se ha naturalizado por medio mundo.

Hoy es menos frecuente que la mostaza parda (B. juncea) o la blanca (B. alba), pero se sigue cultivando en la India para obtener de ella aceites y salsas.

Las flores son de color amarillo pálido y el fruto es una vaina o silicua de hasta 2 cm repleta de semillas de color pardorrojizo. Los órganos aéreos de la planta pueden ser tóxicos para algunas personas ya que contienen glucosinolatos.

No obstante, las semillas desprovistas de su cubierta, se emplean secas y molidas como especia o para hacer mostaza en pasta. En la cocina india es muy usada para elaborar determinados platos como el curry o el sambaar podi.

A Europa, la mostaza negra llegó gracias a los romanos, que la llamaban en latín, mustum ardens, o “mosto ardiente” ya que la mezclaban con el mosto.

El grano de mostaza negra, pequeño como la cabeza de un alfiler, es una de las semillas más minúsculas que el ojo humano puede percibir. No obstante, cuando germina y nace se transforma en un arbusto que, junto al lago de Genezaret, puede alcanzar los tres o cuatro metros de altura.

También en la península Ibérica florece esta planta en estado silvestre; es una especie que pertenece al mismo género que la berza y de la cual se fabrica la conocida salsa de mostaza.

En España la mostaza negra alcanza poco más de un metro de altitud, pero en las condiciones climáticas de Palestina, y según se desprende de la literatura rabínica, este vegetal puede crecer hasta alcanzar el tamaño de una higuera.

Por lo tanto, es perfectamente posible que las pequeñas aves puedan anidar sobre ella. Para los judíos las semillas de la mostaza eran símbolo de pequeñez e insignificancia.

Dice el teólogo alemán Joachim Jeremias que: “el hombre moderno va al campo y entiende el crecimiento como un proceso biológico. Pero los hombres de la Biblia van al campo y ven en el mismo proceso un milagro de Dios tras otro, resurrecciones de la muerte”[1].

Sí, es verdad. Pero ¿acaso el proceso biológico no es también un milagro? ¿No es un misterio que las semillas resistan el frío invernal deshidratándose, es decir, reduciendo el contenido en agua de sus células hasta un diez por ciento? ¿Por qué lo hacen? ¿Acaso no hay milagro en que logren sobrevivir disminuyendo la actividad fisiológica celular a niveles casi imperceptibles?

¿Quién les ha enseñado que deben comportarse así? ¿De dónde proviene esa inteligencia? ¿No es prodigioso que existan semillas capaces de resistir más de mil años, en estado de vida latente, y germinar después, como ocurre en la flor de loto asiática (Nelumbo nucifera)?

Hoy la ciencia nos dice cómo germinan las semillas, pero no porqué lo hacen. La biología nos explica cómo funcionan los seres vivos, sin embargo nadie puede aclarar por qué funcionan o cómo empezaron a hacerlo.

Quien no vea plan inteligente y finalidad en los mecanismos biológicos y en el origen de los mismos es porque desea permanecer ciego.

Dios elige las realidades más humildes para hacer su designio de grandeza. El Señor no tiene necesidad de “árboles elevados” ni de grandes semillas. El desea enaltecer al “árbol humilde” y a la semilla pequeña.

Para los oyentes de Jesús, el árbol alto era una imagen corriente del poder terreno, sin embargo, el Maestro les viene a decir que de los principios más simples, de algo que a los ojos de los hombres es casi nada, Dios da origen a su reino; un reino que se desarrollará y llegará a abrazar a todos los pueblos de la tierra. Ínfimos inicios, conclusión magnífica. Apariencias modestas e insignificantes pero realidad final grandiosa.

De igual forma que la semilla de mostaza llega a convertirse en frondoso árbol que da cobijo a las aves, el milagro del amor divino convertirá esta pequeña grey en el pueblo de Dios que transmitirá la salvación a todos los pueblos de la tierra.

[1] Jeremias, J. 1992, Las parábolas de Jesús, Verbo Divino, Estella, Navarra, p. 183.


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