El otro

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En el original de esta obra, después de El Otro, se lee: “Misterio en tres jornadas y un epílogo”. Al drama antecede dos páginas de autocrítica donde Unamuno dice:

El Otro me ha brotado de la obsesión, mujer que preocupación, del misterio –no problema– de la personalidad, del sentimiento congojoso de nuestra identidad y continuidad individual y personal”.

Aunque El Otro fue estrenada en 1932, la redacción de la obra tuvo sus comienzos en Hendaya hacia 1926. Un año después escribe a su amigo y confidente Jean Cassou una carta en la que le dice:

“Ahora tengo El Otro, misterio en tres jornadas y un epílogo, del que espero más”.

La pieza se estrena el 14 de noviembre de 1932 en el Teatro Español por la compañía de Enrique Borrás y Margarita Xirgú, obteniendo un éxito considerable. Fue una de las obras de Unamuno más aplaudida. Dos años más tarde, el 27 de julio de 1934, fue representada en el teatro San Martín, de Buenos Aires, bajo la dirección de la actriz Lola Membrives. Al día siguiente el diario La Prensa calificaba la obra como “nebulosa en su ambiente de angustia, con su profundidad de abismo; es recia, es intensa, es completa”.

El Otro está inspirada en personajes de la Biblia. Unamuno se vale de Caín, Abel, Esaú y Jacob. La atracción de Unamuno por la Biblia está presente en toda su obra, culminando en El Cristo de Velázquez. La figura de Caín le es especialmente querida y está muy presente en su novela Abel Sánchez, donde confiesa que le impactó el libro de Byron, una tragedia en verso titulada Caín. Aquí, en Abel Sánchez, Unamuno se refiere a las catacumbas del alma y dice que en esas catacumbas “hay muertos a lo que es mejor no visitar y esos muertos, sin embargo, nos gobiernan. Es la herencia de Caín”.

El tema de Caín ha sido mil veces propuesto en la literatura de todos los tiempos. El autor cubano E. J. Varona, al escribir en 1936 sobre Caín en las literaturas modernas, planteaba estas preguntas: ¿Cuáles fueron los afectos que impulsaron a Caín matar a su hermano? ¿Por qué no aceptó el Señor su sacrificio? ¿Abrigaba ya su pecho odio contra su hermano?

Unamuno siempre demostró especial debilidad o interés por la historia bíblica de Caín y Abel. Los dos hermanos están presentes en muchos de sus libros y saca de sus adentros lo mismo al tirano que al esclavo, al criminal que al santo, a Caín que a Abel.

El argumento de El Otro no es fácil de discernir. La tragedia viene dada porque la muerte de uno lleva al suicidio del otro. En ambos casos la muerte del personaje da como resultado la transposición de papeles. Tras el asesinato de uno de los gemelos el otro queda convertido en protagonista de El Otro.

En septiembre de 1928, estando Unamuno en Hendaya, José Forns le hizo una larga entrevista. En la misma el gran vasco añade otras explicaciones al argumento:

“Trato en él de uno de esos temas eternos, más interesante aún que el amor: el de la personalidad. Un hermano ha matado a su hermano gemelo. Idéntico, exacto; tan exacto que él afirma que se ha matado a si mismo. ¿Pero cual de los dos es el muerto? ¿Quién es el malo? ¿Caín o Abel?”.

El drama consta de tres actos y un epílogo. Intervienen seis personajes: el ‘’Otro, Laura, mujer de Cosme; Ernesto, hermano de Laura; Damiana, mujer de Damián; Don Juan, el médico de la casa y el ama.

Cuando sube el telón en el primer acto aparece Ernesto hablando con el médico de la casa sobre una misteriosa enfermedad que padece su hermana. Laura, temblorosa, dice que no tiene enfermedad física alguna. El problema que le agobia es su marido. Confiesa:

—¡Ay, Ernesto! Sin duda mi pobre marido se volvió loco y le persigue ese que él llama El Otro. Es una obsesión fatídica. Parece un poseído, un endemoniado y como si ese Otro fuese su demonio de la guarda.

El uno y El Otro, la dualidad de personajes que presenta Unamuno con Damián y Cosme es una representación de los hermanos Caín y Abel que emergen en persona desde los inicios de la obra.

Enfrentado Ernesto con El Otro le acusa de ser el asesino de su hermano:

—¡Tú eres el asesino, el verdugo, tú! En aquél atardecer tu hermano vino a verte, peleasteis, seguramente por celos, y tú mataste a tu hermano.

—Cabal. Pero en defensa. ¿Y quién soy yo? –Confiesa el Otro.

—¿Tú? ¡Caín! –dice Ernesto, con una dura mirada.

Sigue una larga reflexión de El Otro:

—¡Pobre Caín! ¡Pobre Caín! Pero también me digo que si Caín no hubiera matado a Abel, Abel habría matado a Caín.

En la misma escena, Ernesto, disparado o disparatado acusa a el Otro de asesino y fratricida.

Cruzándose de brazos, el Otro se defiende:

—¿Yo? ¿Asesino yo? Pero ¿quién soy yo? ¿Quién es el asesino? ¿Quién el asesinado? ¿Quién el verdugo? ¿Quién la víctima? ¿Quién Caín? ¿Quién Abel? ¿Quién soy yo, Cosme o Damián? Sí, estalló el misterio, se ha puesto a razón la locura, se ha dado a luz la sombra. Los dos mellizos, los que como Esaú y Jacob se peleaban ya desde el vientre de la madre con odio fraternal.

El ama evoca la pregunta que Jehová hizo a Caín. A solas con El Otro, le interroga:

— Pero, hijo mío, ¿qué has hecho de tu hermano?

El Otro, sollozando, responde:

—Le llevo muerto, ama. Me está matando. Acabará conmigo. Abel es implacable, ama. Abel no perdona. Abel es malo. Sí, sí; si no le mata Caín, habría matado a Caín. Y le está matando. …me está matando Abel; Abel, ¿qué haces de tu hermano? El que se hace víctima es tan malo como el que se hace su verdugo. Hacerse víctima es diabólica venganza, ama.

En el tercer acto de la obra Unamuno complica más el misterio con el trasplante de dos mujeres, las dos mujeres enloquecidas de amor por El Otro. Las llama Caína y Abela.

En el epílogo que cierra el drama, el ama, a quien no se le conoce una elevada cultura, discurre como Moisés en el Salmo 90, como Platón en Timeo o como Shakespeare en Macbeth. Dice a Ernesto:

—¡El misterio! Yo no se quien soy, vosotros no sabéis quiénes sois, el historiador no sabe quién es, Unamuno no sabe quién es, no sabe quién es ninguno de los que nos oyen. Todo hombre se muere cuando el destino le traza la muerte, sin haberse conocido, y toda muerte es un suicidio, el de Caín.

Luego, dirigiéndose directamente al medio, el ama añade:

—Los dos mayores misterios, don Juan, son la locura y la muerte.

A lo que responde el aludido, poniendo fin a la obra:

—Y más para un médico.

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