El tweet de Dios sobre el desgobierno personal

0
36

Se ha dicho que la única construcción humana que se ve desde el espacio lejano es la Gran Muralla China, aunque parece que el dicho es más bien un extendido mito que una realidad, porque después de todo desde la verticalidad del espacio no hay apenas diferencia de anchura entre esa construcción y otras, como carreteras y autopistas, que tampoco se ven. Fue construida como muro defensivo para proteger a China de las amenazas de los pueblos circundantes, tales como mongoles y manchúes, siendo simplemente la continuidad de una mentalidad estratégica militar que durante milenios hizo necesario que las ciudades tuvieran sus murallas, para repeler los ataques enemigos. En este caso, la diferencia estaba en la magnitud de la longitud de esa muralla, pero la idea que la sustentaba era la misma de tantas otras.

En la Biblia aparecen muchas veces las alusiones a los muros y las murallas de algunas ciudades. Una de las primeras ocasiones es referente a Jericó, aquella bien pertrechada ciudad que parecía inexpugnable, pero cuyos muros cayeron a plomo, no por el ímpetu de algún poderoso ejército humano sino por el poder de Dios. En tanto aquella muralla permaneciera erigida Jericó era inconquistable, pero cuando sobrevino su caída significó su derrota aplastante, porque su seguridad, que se basaba en su capacidad defensiva, se vino abajo en un instante.

Pero si hubo muros famosos en el mundo antiguo fueron los de Babilonia, de los que un antiguo autor griego, Ctesias (siglo V a. C.), afirma que podían correr seis carros tirados por caballos, amplitud de la que da constancia la Biblia, cuando emplea el expreso calificativo de ‘ancho’ para referirse al muro de Babilonia (Jeremías 51:58).

Entre las acciones que acometieron los reyes de Israel y de Judá en diversos momentos estuvo la fortificación de ciertas ciudades, especialmente si eran fronterizas. Es lógico que tales ciudades fueran protegidas mediante la construcción de torres y murallas, ya que eran las más expuestas a los ataques del exterior. También era vital que las poblaciones importantes estuvieran rodeadas de murallas, por el primordial valor que tenían, dado que su captura podía significar el principio del fin de la nación. No es de extrañar que una ciudad como Jerusalén tuviera murallas y que especialmente hubiera que reforzar las partes más vulnerables, aquellas que topográficamente eran más planas y de fácil acceso.

Es notable que la Biblia señale el día, mes y año en el que el ejército caldeo abrió brecha en el muro de Jerusalén (Jeremías 39:2), porque tal suceso mostraba bien a las claras que se había producido la caída de la ciudad y que era imposible oponer resistencia al embate enemigo. Pero no contentos con abrir brecha, los caldeos, tras tomar la ciudad, derribaron sus muros, como evidencia de que se trataba de una ciudad vencida que tenían en su poder.

Esos muros derribados eran el exponente de la condición de servidumbre no solo de Jerusalén sino de toda la nación, de ahí que fuera preciso, tras el regreso del remanente desde Babilonia, su reconstrucción, que fue la tarea dirigida por Nehemías. Sin muros, Jerusalén era una ciudad subyugada; con muros, una ciudad en manos de sus verdaderos dueños. Sin muros, Jerusalén era la expresión de la humillante derrota; con muros, de la restauración.

Sí, definitivamente los muros físicos han sido necesarios a lo largo de la historia. Pero hay otra clase de muro que es mucho más importante que los hechos de piedra y es el muro espiritual y moral que ha de circundar el corazón, para que enemigos de la peor especie, que merodean por doquier, no se abran paso hasta hacerse dueños. Hay un tweet de Dios que dice lo siguiente: ‘Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.’ (Proverbios 25:28). El corazón sin muros protectores y la mente sin murallas defensivas, es fácil presa de las asechanzas externas y dado que vivimos en un mundo donde la maldad campa a sus anchas, la falta de rienda y dominio propio es letal. El tweet dice que así como una ciudad sin murallas es una fácil invitación para el invasor, del mismo modo el corazón sin control es un flanco abierto. Teniendo en cuenta que hay en nuestro interior un aliado, que es el viejo hombre, del enemigo externo, es por lo que se hace preciso redoblar la vigilancia, no sea que estando atentos al peligro que viene de fuera, perdamos de vista el que viene de dentro, o viceversa.

Cuando el apóstol Pedro enseña: ‘Ceñid los lomos de vuestro entendimiento’ (1 Pedro 1:13), indica el cuidado y esfuerzo que ha de ser tomado para ejercer la vigilancia sobre nuestros pensamientos. Dejarlos a su aire, que salgan y entren, que anden sueltos, que divaguen e imaginen, que hagan y deshagan, sin escrutinio ni control, es dejar el camino expedito para que se hagan dueños y quedemos a merced de un perverso gobierno.

Mi mente y mi corazón es la ciudad a ser gobernada; la cuestión es saber quién la regirá. Quiero ser yo, bajo el gobierno de la Palabra de Dios.


Recibe cada día nuestras últimas noticias en tu Email…

 


DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí