Jesús no les creía

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Jesús no les creía

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. En cambio Jesús no les creía porque los conocía a todos.

Juan 2:23-24

Es curioso el juego lingüístico de este pasaje. Se asegura que muchos creyeron en Jesús, pero Jesús no les creyó a ellos. Se utiliza en mismo verbo en griego, ligeramente modificado, en ambas ocasiones.

Otras versiones lo traducen como desconfianza, como tener reservas con aquellas personas. En el siguiente versículo el evangelista explica que el conocimiento de Jesús provenía de su propia naturaleza divina, que la fuente no era otra que la propia sabiduría del Padre.

Jesús tenía esa forma de ver a través de la gente, de conocerlos íntimamente con apenas una pequeña interacción. Como se dice por aquí, Jesús “los ve venir”. A él no se le puede engañar.

Por eso Jesús parecía confiar en personas que a nosotros no nos despertarían ninguna simpatía, mientras que él desconfía de aquellos a quien nosotros se lo confiaríamos todo.

Todo esto me hace pensar en los criterios que utilizamos para considerar fiables y creer a las personas. Sin duda, Jesús los amaba: pero no los creía. No creo que nosotros tengamos la suficiente sabiduría como hacer esa distinción, o al menos no muy a menudo.

No creo siquiera que tengamos el alma en forma para saber amar de una manera digna de Dios. Y, por esa misma razón, tampoco tenemos el alma en forma para tomar de los recursos de sabiduría del Espíritu Santo y conocer a las personas de la manera en que Jesús las conocía.

Hay ocasiones en que cierta gente nos despierta sospechas, incomodidad, y lo dejamos pasar como si fuéramos nosotros malas personas, unos desconfiados o amargados. Nos forzamos a esa incomodidad de nos plantean, pensando que es cosa nuestra; y a menudo, muy a menudo, esa intuición es más bien esa chispa divina que tenía Jesús, de la que se habla aquí.

Aquello que para Jesús era fácil de hacer, para nosotros nunca es la costumbre, pero también tenemos la capacidad de hacerlo.

Me ha fascinado siempre este pasaje que, en pocas palabras, explica esa percepción extraordinaria. Ahora, también, me fascina este juego de palabras, el hecho de que Jesús desconfíe de estas personas que, en un principio, como habían creído en su nombre, nosotros consideraríamos cristianos.

¡Qué más señales necesitamos! ¿Qué más señal de conversión querría Jesús? De hecho, los otros habían creído en sus propias señales. ¿Por qué no creía él en la señal de su testimonio? Nosotros pararíamos la narración ahí: ya está, no podemos pedir más. Le han creído, han dado testimonio. Y, sin embargo… el texto continúa. Sí, ellos han creído en su nombre, pero Jesús no cree en ellos.

No les creía en su sinceridad.

No les creía en la profundidad de su creencia.

No les creía en el compromiso que tenían con él.

En otros evangelios este curioso fenómeno es explicado en la parábola del sembrador. De todo lo que el sembrador lanzó a tierra aquel día, solo una cuarta parte cayó en un terreno donde la fe podía crecer. En otros lugares parecía que tomaba fuerza, pero la raíz era débil y esa fe se marchitó en algún momento.

De hecho, aquella fue la primera Pascua en su ministerio: tan solo dos celebraciones de Pascua más y le sacrificarían a él en lugar del cordero. Y fueron los mismos que ahora, junto al Templo de Jerusalén, hablaban bien de Jesús y le consideraban un maestro.

Fueron los mismos que, tan solo un par de años después, estarían insultándole de camino al Calvario.

Jesús lo sabía; con razón no les creía, ni confiaba en su testimonio. Eran terreno yermo, no tenían una fe real, que perdurase.

Para mí es una llamada de atención para aprender a mirar de otro modo a muchas personas a las que hoy en día también metemos dentro del paraguas de “cristianos”. Y tengo que tener mucho ojo, porque esto mismo se utiliza en mi contra. Ha habido una infinidad de ocasiones en que, como no he dicho lo que otros esperaban que dijese, se me ha quitado el cartel de cristiana.

No podía serlo, a su juicio, porque no les creía lo mismo que ellos, porque no estaba en su grupo, en su lenguaje, en sus ideas. Yo no quiero hacer eso mismo con otros; no quiero mirar al diferente, al que no entiendo, y tacharlo de no cristiano porque así me resulte más sencillo lidiar con la tremenda incomodidad, el conflicto y la crispación que me provocan.

Pero tampoco puedo ignorar este texto del evangelio. No puedo ignorar la parábola del sembrador.

No tengo una gran respuesta, pero sí tengo algo: es a través de los ojos de Jesús que se descubre la verdad de quién es esa persona. No hay método, ni manera, ni procedimiento, ni sabiduría humana capaz de decirnos si estamos frente a uno de esos en los que Jesús no creía o a un discípulo verdadero. Tenemos que aprender a someternos a Dios hasta el punto de poder ver desde sus ojos.

Por otro lado, nada deseo más en el mundo que encontrarme entre aquellas a las que Jesús cree. Que me mire, que me conozca, que me vea y que me crea.


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