La Europa de las 400.000 muertes prematuras anuales por la contaminación atmosférica

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Según el último informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA) sobre la evolución de la calidad del aire en el continente, con datos referentes a 2018, la exposición a partículas finas causó la muerte prematura de 379.000 personas en los países de la Unión Europea y 417.000 en el conjunto del territorio continental.

El documento, que recoge sus datos de más de 4.000 estaciones de vigilancia repartidas por todo el suelo europeo, también atribuye 54.000 muertes prematuras al impacto del dióxido de nitrógeno y 19.000 al del ozono troposférico. Sin embargo, desde AEMA apuntan a una evolución positiva en la reducción de la contaminación atmosférica y sus efectos en la salud de las personas.

La institución apunta en su informe que en 2018 se registraron 60.000 muertes a causa de la exposición a partículas finas menos que en 2009, y que las defunciones por el impacto del dióxido de nitrógeno se han reducido en un 54% en la última década.

“Es una buena noticia que la calidad del aire esté mejorando, pero no podemos ignorar la parte negativa: el número de muertes prematuras en Europa debido a la contaminación atmosférica sigue siendo demasiado elevado”, ha reconocido el comisario europeo de Medio Ambiente, Océanos y Pesca, Virginijus Sinkevičius. Muchos expertos, en cambio, no se muestran convencidos de calificar la evolución que reflejan los datos como una “mejora”.

Una bañera que no se vacía

El informe de AEMA se enfoca en la evolución de la calidad del aire como una consecuencia de las reducciones en las emisiones de gases de efecto invernadero en la última década, pero no contempla el efecto de los niveles de contaminación acumulados con el paso de los años. “Las emisiones equivalen al proceso de llenar una bañera y dejar de emitir es cerrar el grifo. Al cerrar el grifo, el nivel de la bañera no baja, sino que simplemente deja de aumentar. Ninguna reducción de emisiones de gases de efecto invernadero podría revertir el efecto de toda la polución que se ha producido ya. Al menos a corto plazo”, explica Antoine Bret, doctor en física, profesor en la Universidad de Castilla-La Mancha y miembro del equipo de Ciencia y Fe.

El propio informe de AEMA remarca que son más los países que en 2018 superaron el valor límite de concentración de partículas finas (Bulgaria, Croacia, República Checa, Italia, Polonia y Rumanía) que los que registraron valores incluso por debajo de los índices recomendados que marca la Organización Mundial de la Salud (Estonia, Finlandia, Irlanda e Islandia).

La fragmentación entre los países miembros de la Unión Europea no atañe solamente a la cuestión económica o el concepto del Estado de Derecho, sino que también tiene que ver con la disposición a aplicar los acuerdos que se alcanzan en materia climática. “Para tener éxito [con el Pacto Verde Europeo] debemos reducir aún más la contaminación atmosférica y acercar nuestras normas de calidad del aire a los valores guía de la OMS”, ha asegurado Sinkevičius.

Con el Pacto Verde Europeo, la Unión ya se marcó en marzo de este año el objetivo de alcanzar la neutralidad climática (que las emisiones netas de dióxido de carbono sean igual a cero) para 2050, y en el mes de septiembre la Comisión Europea presentó un plan para reducir las emisiones hasta un 55% en 2030. Un plan que debe ser ratificado este mes de diciembre por los estados miembros en la última cumbre del año, marcada por el conflicto abierto entre Bruselas y Hungría y Polonia en relación con el fondo de recuperación, pero con más voces, sobre todo del este continental que han pedido pedido ayuda para reconvertir modelos industriales y energéticos tradicionales.

“No hay una fecha límite para abordar el cambio climático. Simplemente, con cada año que pasa, aumentan la dificultad y el coste de evitar y mitigar los impactos. No perdemos la oportunidad de actuar, pero es posible que perdamos oportunidades para evitar ciertos impactos. Es técnicamente posible pasar a cero emisiones netas, pero se necesita voluntad política y buen liderazgo”, apunta Jeremy Lindsell, director de Ciencia y Conservación la organización cristiana de cuidado de la creación A Rocha. “El matiz”, añade Bret, “es que si dejásemos hoy mismo de emitir dióxido de carbono, habría fenómenos naturales que poco a poco bajarían el nivel de ese gas en la atmósfera”. “Pero esto tardaría siglos”, subraya.

Cambios poco significativos respecto a la emergencia climática

El primer informe The Lancet Coutdown, sobre el impacto de la emergencia climática en la salud de las personas, se publicó hace cinco años, coincidiendo con el Acuerdo de París (2015). Desde entonces, sus posteriores ediciones han puesto de manifiesto el empeoramiento de de la salud en relación con el proceso del calentamiento global. Según la publicación, que cuenta con la participación de 120 científicos de ámbito internacional, ha habido un aumento del 53,7% en la mortalidad de personas mayores de 65 años a causa del calor durante los últimos veinte años.

La relación entre el calentamiento global y la contaminación atmosférica es otro de los valores que no aparecen en el documento de la AEMA sobre la calidad del aire, a pesar de la relación entre ambos. El caso de la pandemia sí se menciona en el informe de la agencia europea. Aunque la institución reconoce que “no tiene estimaciones sobre los posibles efectos positivos para la salud de la mejor calidad del aire durante 2020”, sí se esfuerza en remarcar que “el Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus, revela reducciones de hasta el 60% de determinados contaminantes atmosféricos en muchos países que aplicaron medidas de confinamiento en la primavera”.

“Incluso si el total de las emisiones de dióxido de carbono bajase un 20% con respecto a 2019, esto apenas se notaría en la curva de aumento de dióxido de carbono en la atmósfera. Es como tener un grifo abierto al máximo durante 200 años y, de repente, cerrarlo un poco, no del todo, durante un año. Hay toda una contaminación que sí puede haberse reducido drásticamente, pero en cuanto a los niveles de dióxido de carbono, no podemos esperar muchos cambios”, señala Bret.

La motivación también importa

“Los datos demuestran que invertir en una mejor calidad del aire es una inversión para mejorar la salud y la productividad de toda la ciudadanía europea”, ha afirmado el director ejecutivo de AEMA, Hans Bruyninckx. La presencia de intereses políticos y económicos que bien pueden empañar el éxito de los intentos por frenar el impacto del cambio climático en el planeta ya se ha hecho notar.

En este sentido, Lindsell recuerda que “no hay duda de que nos ocasionamos enormes problemas por nuestra mala administración de la creación, y reconocemos que el interés por nosotros mismos es un argumento poderoso para cambiar nuestro comportamiento [respecto a la emergencia climática]”. “Pero nos vemos a nosotros mismos como las principales víctimas”, dice. El director de Ciencia y Conservación de A Rocha señala que desde la entidad trabajan con la visión de que “todo lo que Dios ha hecho es valioso para Él y también deberíamos valorarlo nosotros en consecuencia”. “Cuidamos de la creación por derecho propio y en obediencia a Dios, no solo porque nos conviene hacerlo”, remarca.

Desde la entidad abogan por un modelo que combina la formación comunitaria y la conciencia medioambiental para que las iglesias “puedan aportar su parte” en el buen liderazgo ante el reto climático. Para ello han elaborado programas, como ‘EcoChurch’, en Reino Unido, o ‘Eglise Verte’ , en Francia, “que ayudan a las iglesias a adaptar su vida en comunidad y ver cómo pueden minimizar su impacto en el uso de recursos de la tierra”. “Esto es algo que puede relacionarse con los terrenos de las iglesias, sus locales, sus estilos de vida, cómo llevan a cabo sus eventos y dónde apoyan las misiones”, añade, al mismo tiempo que recuerda el caso de la Iglesia de Inglaterra, que en febrero de este año anunció su compromiso de reducir sus emisiones netas a cero en 2030.

“Animamos a todos los cristianos a comprometerse con el mundo que los rodea. La Biblia nos invita repetidamente a considerar la creación de Dios a fin de crecer en nuestro entendimiento de él. Esto seguramente debe llevarnos a cuestionarnos cómo lo estamos tratando”, señala Lindsell.

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