Las moreras de Tierra Santa

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David consultó de nuevo a Dios que le respondió:

No ataques de frente.

Primero rodéalos por detrás

y luego atácalos por el lado de las moreras. (1 Cr. 14:14)

El término hebreo beka´im, בְּכָאִֽים׃, que aparece en 2ª Samuel 5:23-24 y 1ª Crónicas 14:14-15, y que algunas versiones de la Biblia traducen por “balsameras”, “árboles del bálsamo” o “álamos”, se refiere en realidad a las “moreras” o “morales”.

Se trata de árboles del género Morus, una de cuyas especies, la morera blanca (Morus alba), se encuentra al norte y oeste de Israel.

Las hojas de las moreras miden casi un palmo, son asimétricas, algo acorazonadas y presentan dos gruesos nervios secundarios muy marcados. Las de la morera blanca se emplean para alimentar a los gusanos de seda. / Antonio Cruz. [/photo_footer]

Algunos estudiosos consideran que la palabra griega sykaminos, sncamiuod, que aparece en Lucas 17:6 y que muchas versiones tradujeron por “sicómoro”, se refiere también a la morera negra” (Morus nigra).[1]

Tanto la morera blanca (Morus alba) como la negra (Morus nigra) pertenecen a la familia de las Moraceae, y son árboles que pueden alcanzar los 15 metros de altura. Las hojas son verdes, lustrosas y tienen más de 20 cm de largo.

Las de la morera blanca son el alimento de los gusanos de seda (orugas de la mariposa Bombyx mori, criadas para obtener la seda de sus capullos). Presentan unas infrutescencias o moras blancas (sorosis) que miden unos dos centímetros y medio.

Su sabor es soso y no son comestibles, a diferencia de las moras de la morera negra que son más dulces y se pueden comer. Todos estos árboles son oriundos de las regiones templadas del centro y este de Asia, aunque se han introducido en Europa y América como especies ornamentales.

El hecho de que la morera blanca florezca tardíamente, en abril o mayo en el hemisferio norte, fue usado como ejemplo negativo por el teólogo John Prime (1550-1596), en un comentario a las palabras del salmista: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4):

“Buenas gentes que me escucháis, tomad buena nota de esta lección, os lo ruego, y que en todas las circunstancias de vuestra vida, sean alegres o descorazonadoras, este salmo os sirva de ejemplo para avergonzar a todos aquellos que se amedrentan ante las más tenue bruma que cae o la más insignificante nube que aparece en el cielo; hombres y mujeres indecisos, volubles e inestables, que hacen como el árbol de la morera, que no brota y reverdece hasta que el mal tiempo ha pasado por completo; personas quienes gustan actuar como simples mirones, y quieren permanecer siempre neutrales e indiferentes a todo; que (…) no quieren arriesgar nunca nada, que no se atreven a participar en nada, ni a llevar a cabo ninguna acción en favor de su Dios, de su príncipe, o de su país, hasta que tienen claro de qué lado se inclina la victoria; y que deberían avergonzarse ante el ejemplo de David en este salmo.”[2]

[1] Balz, H. y Schneider, G., 2002, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, vol. II, Sígueme, Salamanca, p. 1529.

[2] Spurgeon, C. H. 2015, El Tesoro de David, CLIE, Viladecavalls, Barcelona, p. 694.

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