Los grandes documentos de Lutero de 1520, a 500 años (3): A la nobleza cristiana de la nación alemana

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Se ha establecido que el Papa, los obispos, los sacerdotes y los monjes sean llamados el estado eclesiástico; y los príncipes, los señores, los artesanos y los agricultores, el estado secular. Es una mentira sutil y un engaño. […] El hecho de que el Papa o el obispo unja, tonsure, ordene, consagre y vista de otro modo que los laicos, puede hacer un hipócrita y falso sacerdote, pero jamás hace a un cristiano o a un hombre espiritual. Según ello, por el bautismo todos somos ordenados sacerdotes, como San Pedro dice: “Vosotros sois un sacerdocio real y un reino sacerdotal”. Y en el Apocalipsis 20: “Y por tu sangre nos has hecho sacerdotes y reyes”.[1]

M.L., A la nobleza cristiana de la nación alemana

El orden de aparición de los tres grandes documentos reformistas de Martín Lutero en 1520 fue el siguiente: primero, el 12 de agosto, A la nobleza cristiana de la nación alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano; segundo, La cautividad babilónica de la iglesia, en octubre; y finalmente, en noviembre, La libertad del cristiano o La libertad cristiana. De ellos, el que puede considerarse más claramente en el ámbito político es el primero, An des christlichen Adel der deutschen Nation von des christlichen Standes Besserung, su título completo en alemán, aun cuando todo lo que salía de su pluma en esos momentos incluía esta vertiente de manera inevitable. Eso explica por qué es el texto que abre una recopilación de Escritos políticos llevada a cabo por Joaquín Abellán en 1986, quien afirma, en el marco de la discusión de los postulados políticos del reformador, que en él, “Lutero se dirige a las autoridades seculares, porque ya no acepta la tesis medieval de la superioridad del orden eclesiástico sobre el laico, ya que ‘todos los cristianos pertenecen, en verdad, al mismo orden y no hay entre ellos ninguna diferencia excepto la del cargo’”.[2]

Este importante cambio de visión ideológica y teológica, que tantas veces ha sido criticada por significar el inicio de la progresiva “constantinización” del movimiento reformador, esto es, la entrega total del control del proceso de cambio al interior de la iglesia a los poderes temporales de la época, representó para Lutero una auténtica revolución interior en su pensamiento y en su comprensión de las realidades políticas exigentes del momento que se vivía. Ello desembocaría en la elaboración de la doctrina de “los dos reinos”, que tanto ha quitado el sueño a teólogos y politólogos por igual. Asimismo, fue una sólida puesta marcha de un proyecto de independización de la sociedad alemana (tan diversificada todavía y sin una clara unidad aún) de las imposiciones venidas desde Roma que abarcaban n solamente aspectos religiosos sino también los económicos, algo que entraría al debate abierto muy pronto.

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Abellán, en su introducción a la recopilación citada, describe muy bien la mentalidad política que permeaba el ambiente previo a la explosión escritural de Lutero. Había, según sus palabras, una especie de “desgarramiento de la situación política entre el emperador y los territorios en los últimos años de la Edad Media”[3], lo que se hizo más profundo con la cercanía de las nuevas realidades que se avecinaban. Este contexto, una especie de estertor de las prácticas medievales, acompañaría los vaivenes ocasionados por la evolución de los cambios religiosos que Lutero provocó aun sin proponérselos específicamente. Así lo plantea este autor: “Los estados territoriales, al asumir como una actividad propia el fomento y vigilancia de la nueva confesión religiosa, estaban evolucionando hacia una nueva forma de poder político. No sólo por la organización moderna de su actividad sino por la ampliación de la esfera de actividades estaban caminando hacia una forma de Estado que hacia la competencia al imperio”.[4]

Particular interés producen, en la descripción de la historiadora británica Lyndal Roper, los cambios en la conciencia del propio Lutero, cuya inmersión en la polémica, cada vez más agria y dominada por la caricaturización de sus adversarios, hizo que su devoción personal pasara “de la contemplación al compromiso”, pues fue “como si su yo poético madurara y dejara de ser una aflautada voz de soprano para convertirse en una ronca voz de bajo que salía de su estómago y alimentaba los aspectos juguetones y no racionales de su personalidad y, con ellos, los compromisos emocionales necesarios para hacer realidad una revolución espiritual de este calibre, capaz de transformar a las personas al nivel más íntimo”[5]. Más adelante, Roper amplía esta percepción, asociándola a algunos motivos acumulados en la experiencia del reformador:

5f64cf554dcbb LibrodeLyndalRoperParte de la retórica de A la nobleza cristiana de la nación alemana probablemente se basara en lo que Lutero pudo haber oído en Mansfeld o Eisenach a la generación de sus padres, siempre quejándose de lo duros que eran los tiempos para la industria minera. Ciertos apartados, como el de los burdeles, el de las finanzas y el del derecho, nos muestran a un hombre que ve más allá de los muros del convento, que quiere intervenir en el mundo secular y cambiarlo. Tenía una perspectiva más amplia que antes, tal vez por los largos viajes a pie que había realizado por Alemania central […] o quizá gracias a los hombres influyentes que había ido conociendo a lo largo de los años. […] Lutero empezaba a considerar que era su deber adoptar una postura en asuntos políticos; la sociedad laica ya no era el “mundo exterior” que dejaban atrás para siempre quienes entraban en un monasterio, sino que formaba parte de la parroquia de la que Lutero era responsable.[6]

La religiosidad de Lutero fue sacudida completamente por causa de un mayor distanciamiento, en concreto, del poder del Papa, que lo había llevado ya muy lejos luego de lo acontecido en 1519 en la disputa de Leipzig. Los textos de 1520, agrega Roper, “están redactados en un estilo nuevo, más reposado, a pesar de la presión a la que estaba sometido, e irradian confianza y seguridad”[7]. Utilizando las técnicas de un predicador, se dirigió directamente a los lectores para mostrar la postura que deseaba afirmar. Prueba del impacto que consiguió fue que, en dos semanas, se agotó la primera edición de cuatro mil ejemplares del primer documento. Desoyendo el consejo de su todavía superior Johann von Staupitz (1460-1524), Lutero dio a las prensas el texto en el que afirmaba que, “puesto que la iglesia parecía incapaz de reformarse a sí misma, las autoridades seglares debían tomar medidas”. Con ello, “de golpe y plumazo […] acababa con los obstáculos que habían evitado que las autoridades seglares atajaran los abusos de la Iglesia por carecer de autoridad eclesiástica o apoyo imperial”.[8]

Las palabras con que abre el documento, dedicado a Nikolaus von Amsdorf (1483-1565) son significativas y elocuentes:

¡Primeramente, gracia y paz de Dios, reverendo, digno y amado señor y amigo! Pasó el tiempo de callar y ha llegado el tiempo de hablar, como dice el Eclesiastés 3. Según nuestro propósito, hemos reunido algunos fragmentos acerca de la reforma del estado cristiano para proponerlos a la nobleza cristiana de la nación alemana, si acaso Dios quisiera auxiliar a su iglesia mediante el estado laico, puesto que el estado eclesiástico, al cual con, más razón esto corresponde, lo ha descuidado completamente. Lo remito todo a Vuestra Reverencia para juzgarlo y, si fuere menester, corregirlo. Me doy cuenta de que no dejarán de reprenderme por ser demasiado temerario, si yo, hombre despreciado y retirado del mundo, me atrevo a dirigirme a tan altos y magnos estados en tan graves e importantes asuntos, como si no hubiera nadie más que el doctor Lutero en el mundo que se preocupara del estado cristiano y aconsejara a personas tan extraordinariamente inteligentes.[9]

Hoy se diría que un religioso estaría faltando al respeto a la separación entre el Estado y las iglesias e invadiendo una zona completamente ajena a su labor espiritual, con lo que concuerda, en parte, lo que el propio monje agustino sugiere desde su presentación. Pues lo cierto es que, como bien resume Roper, el ataque a las “tres mirallas” del poder papal, esto es, que la Iglesia tuviera su propia ley espiritual, que el papado fuera el único autorizado para interpretar las Escrituras y que sólo él pudiera convocar un concilio, formó parte del paquete ideológico-político que acabaría consumando la ruptura total con Roma ese mismo año y en los comienzos de 1521, con la excomunión total del ya entonces reformador a carta cabal. Lutero afirma que la sede del catolicismo romano “es un centro de negocios que está dejando a Alemania sin dinero”[10], para decirlo desnudamente y sin ambages. Para demostrarlo, ofreció listas de los abusos financieros de la iglesia, aunque ninguna de sus quejas era nueva, porque su antecedente fueron claramente las gravamina (agravios), las solicitudes presentadas por los alemanes ante la dieta imperial desde mediados del siglo XV, también referidas por Abellán.

Los negocios financieros del papado son calificados como Wucher, usura, “una jugada brillante para un polemista, que ponía en un mismo plano las prácticas financieras de la Iglesia, las complejas manipulaciones de las grandes y muy odiadas casas comerciales y a los judíos”[11]. En el resto de la argumentación s extraen las consecuencias para la iglesia y la sociedad: era preciso acabar con la cultura de las peregrinaciones, las órdenes mendicantes y los votos monásticos, así como con las misas anuales en memoria de los difuntos y los burdeles, vistos como un “mal necesario”. Por último, se cuestionaba de raíz el celibato sacerdotal. El programa de reforma era vasto y audaz, y ahora los príncipes quedarían en el papel de “obispos de urgencia” para conducir esta cadena de cambios que no solamente salvarían a la iglesia misma, sino también los intereses estrictamente alemanes, aunque sin menoscabo del origen religioso del poder: “No eran meros vasallos del Emperador, sino gobernantes por la gracia de Dios con autoridad propia”[12]. Las palabras del documento son firmes a ese respecto:

Como el poder secular ha sido bautizado como nosotros y tiene el mismo credo y evangelio, debemos admitir que sus representantes sean sacerdotes y obispos que consideran su ministerio como un cargo que pertenece a la comunidad cristiana y le debe ser útil. Pues el que ha salido del agua bautismal puede gloriarse de haber sido ordenado sacerdote, obispo y papa, si bien no le corresponde a cualquiera desempeñar tal ministerio. Como todos somos igualmente sacerdotes, nadie debe darse importancia a sí mismo ni atreverse a hacer sin nuestra autorización y elección aquello en lo cual todos tenemos el mismo poder, porque lo que es común, nadie puede arrogárselo sin autorización y orden de la comunidad.[13]

El cambio sustancial comenzaría a ser una realidad luego de que Lutero abrió esta puerta, política y teológica a la vez. Los príncipes recibieron el aval para organizar una nueva iglesia, ciertamente más cercana a sus intereses, como se ha dicho, pero al mismo tiempo con un enfoque jurisdiccional derivado de aquellos. Las consecuencias de todo esto rebasarían ampliamente las expectativas del reformador y perfilarían lo que hasta entonces era impensable, una verdadera revolución cultural que daría un rostro completamente distinto a la iglesia y a la sociedad:

En los años siguientes, las ciudades [debido al carácter eminentemente urbano de estas transformaciones] y los territorios contratarían predicadores evangélicos y realizarían las reformas propuestas por Lutero: crearon escuelas, acabaron con la mendicidad, reorganizaron las instituciones de caridad, cerraron burdeles y clausuraron monasterios. El resultado fue una redefinición de las responsabilidades de las autoridades tanto religiosas como laicas. En el proceso algunos gobernantes seculares protestantes no dejarían pasar la oportunidad de hacerse con el control de parte de las inmensas riquezas de la Iglesia.[14]

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De ese modo, se estaban sentando las bases de una nueva forma de comprensión de la fe cristiana y de la convivencia social, con todo y que las marcas de la modernidad no tardarían en hacerse presentes en la progresiva independencia de los poderes civiles en relación con la instancia religiosa, algo con lo que Lutero y la escuela teológica que formó no necesariamente estarían de acuerdo. Las últimas palabras de este texto son, simultáneamente, proféticas y edificantes, con una gran visión del momento y muestra de una profunda asimilación del tono requerido para hacer válida su propuesta de transformación:

Muchas veces ofrecí mis escritos para su juicio y examen. Pero no me valió para nada. También sé perfectamente que mi causa, si es justa, ha de ser condenada en la tierra y sólo justificada por Cristo en el cielo. Toda la Escritura enseña que la causa de los cristianos y de la cristiandad debe ser juzgada sólo por Dios. Jamás fue justificada alguna causa por los hombres en la tierra, sino siempre hubo en exceso una resistencia grande y fuerte. Siempre han sido mi preocupación mayor y mi temor que mi causa quede sin condenación, puesto que en esto notaría por cierto que aún no agrada a Dios. Por ello que procedan con desenvoltura el Papa, los obispos, los curas, los monjes o los doctos. Son las personas indicadas para perseguir la verdad, como siempre lo hicieron. ¡Que Dios nos dé a todos un entendimiento cristiano y, especialmente a la nobleza cristiana de la nación alemana, un modo de pensar recto y espiritual para hacer lo mejor en beneficio de la pobre Iglesia![15]

Amén.

Notas

[1] M. Lutero, en Humberto Martínez, pról., sel. y notas, Escritos reformistas de 1520. México, Secretaría de Educación Pública, 1988 (Cien del mundo), pp. 31-32.

[2] M. Lutero, Escritos políticos. Estudio prel. y trad. de J. Abellán. Madrid, Tecnos, 1986 (Clásicos del pensamiento, 17), p. 3.

[3] Ibid., p.x.

[4] Ibid., p.xi.

[5] Lyndal Roper, Martín Lutero: renegado y profeta. Barcelona, Taurus, 2017 (Memorias y biografías), pp. 169-170.

[6] Ibid., pp. 176-177. Énfasis agregado.

[7] Ibid., p. 170.

[8] Ibid., pp. 173-174.

[9] H. Martínez, op. cit., pp. 27-28.

[10] L. Roper. op. cit., p. 174.

[11] Ibid., p. 175.

[12] Ibid., p. 176.

[13] H. Martínez, op. cit., p. 33.

[14] Ídem. Énfasis agregado. La autora cita como fuente, para este álgido tema a Thomas A. Brady Jr., German histories in the Age of Reformations, 1400-1650. Universidad de Cambridge, 2009, p. 260: “Para él, la autoridad temporal era el instrumento de Dios para castigar la maldad, preservar la paz y, el interés principal de Lutero, construir y proteger la Iglesia en este mundo. Lutero dio así su bendición al proceso, iniciado en el siglo XV, en virtud del cual los magistrados y príncipes alemanes se apropiaron del mando de la iglesia visible en sus tierras. Los pioneros de la iglesia estatal alemana fueron los magistrados de las grandes ciudades imperiales; no muy lejos de ellos vinieron los gobernantes de Sajonia, Wurtemberg y Hesse. Lutero y sus discípulos no crearon el nuevo orden, sino que eliminaron las restricciones que había sobre él”.

[15] H. Martínez, op. cit., pp. 111-112.

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