Los mejores tiempos y los peores tiempos

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Los mejores tiempos y los peores tiempos

“Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada, íbamos directos al Cielo, íbamos de cabeza al Infierno; era, en una palabra, un siglo tan diferente del nuestro que, en opinión de autoridades muy respetables, solo se puede hablar de él en superlativo, tanto para bien como para mal”.

Así empieza la famosa novela Historia de dos ciudades (“A tale of two cities”) de Charles Dickens. En ella se describe la vida en la ciudad de Londres -un remanso de paz- por un lado y por otro lado la ciudad de Paris, sacudida por la Revolución Francesa.

Estas palabras iniciales describen aquellos tiempos en superlativos contradictorios. A mí me parece que expresan de forma exacta también nuestros tiempos. Y eso por dos razones: vivimos en tiempos absolutamente contradictorios para bien o para mal y estamos ante cambios tan profundos como en los años de aquella revolución que cambió un continente entero para siempre.

Los problemas creados por la pandemia del SARS-CoV-2, la reacción de las autoridades provocando un parón económico a nivel planetario y un sistema financiero mundial que vive sus últimos -y peores- momentos, auguran la madre de todas las crisis. Pero a diferencia de todas las anteriores, esta vez no será local para afectar solo a una parte del mundo. Estamos ante la primera crisis socio-económica a nivel mundial. Y será de tal magnitud que hasta el Fondo Monetario Internacional habla de la peor depresión económica en cien años. El coste será astronómico.1 Y no me refiero solamente al dinero.

A estas alturas, cada vez menos expertos en la materia prevén una recuperación económica en forma de V. Los únicos que barajan esta posibilidad son nuestros ministros de economía y sus allegados. Y no me cabe duda de que ni ellos creen seriamente en lo que dicen.

En cuanto pasen las medidas severas impuestas para frenar la propagación del SARS-CoV-2, y todos piensan que la vida vuelve a la normalidad, se van a dar cuenta de que lo peor está por venir. Pero no será otra pandemia. Serán las consecuencias de años de mentiras y manipulaciones del sistema financiero. Vamos a vivir toda la parafernalia de desastres que el diccionario de un economista tiene a su disposición. Habrá de todo: deflación, inflación, depresión y lo peor: una estanflación.

La deflación se produce cuando los mercados caen y la economía se encoge, o bien por falta de demanda o simplemente porque hay un exceso de oferta. La inflación de precios se produce cuando la gente dispone de dinero y al mismo tiempo se reduce la oferta. Una depresión ocurre cuando esos factores y otros más, no permiten que una economía se recupere y crezca2. Y la estanflación es un fenómeno que se vio la última vez al inicio de los años 70 del siglo pasado cuando había tasas de inflación de dos dígitos en todo el mundo occidental, combinado con un crecimiento negativo del PIB.

El cuadro que se avecina no es alentador.

Miles de negocios en España se van a cerrar. Millones de personas perderán sus trabajos. Lo que queda de ahorros se verá mermado por una subida de precios por un lado y por impuestos por el otro. El dinero que tenemos en nuestros bolsillos va a poder comprar cada vez menos. Cuando la gente se verá acosada y engañada de esta manera, habrá disturbios sociales y medidas represoras de nuestros gobiernos. Es una espiral difícil de parar una vez que empiece.

Nos acostumbraremos a expropiaciones, nacionalizaciones, intervenciones directas del BCE y una política que se parece más a una economía planificada de los tiempos de la URSS.

Ya lo sé. Es un cuadro funesto, no cabe duda. Me veré confrontado con más de uno que encontrará razones por las que las cosas no serán así. Aunque me encantaría equivocarme para luego pedir disculpas por haber causado un alarmismo innecesario, a día de hoy, veo pocas razones para albergar esta esperanza.

Ante un cuadro así cabe preguntarse por lo menos cuatro cosas:

  • ¿Cómo puedo prepararme lo mejor posible para esta crisis?

  • ¿Cómo pasaré esta crisis lo mejor posible?

  • ¿Cómo será la situación después?

  • ¿Qué se puede hacer para evitar los errores del pasado?

Una posible respuesta a las cuatro preguntas, es simplemente no responder o mejor aún: no preguntarse nada, vivir al día y confiar en que ya se solucionarán los problemas. Además mañana aún hay tiempo para ver lo que pasar.

Sin embargo, confiar en que los que causaron los problemas por su corrupción, incompetencia, ineficacia y maldad finalmente solucionarán los problemas, es como confiar que un pirómano se va a encargar de apagar el incendio que él mismo había provocado para luego indemnizar a las víctimas voluntariamente.

Mi sugerencia sería más bien tomarse un tiempo para reflexionar. Tomar el consejo de Salomón en serio y aprender de la hormiga me parece un buen comienzo.

Entrenar nuestra capacidad para reaccionar a las amenazas es un reflejo básico del ser humano. Y razones para ello no faltan. Delegar esa responsabilidad en otros es simplemente una expresión de nuestra capitulación ante las circunstancias y revela una actitud servicial de esclavos y borregos.

Me permito hacer algunas propuestas. La lista podría ser larga, pero esto es un artículo, no un libro.

El primer paso a dar es cuidar de nuestras relaciones familiares y de nuestra red de amigos. Ser como Juan Palomo (“yo me lo guiso, yo me lo como”) puede sonar muy valiente, hasta que nos damos cuenta de que vivir sin el apoyo y la ayuda de los demás en este mundo es muy complicado. La familia sigue siendo el primer lugar de refugio y apoyo. Es donde aprendemos a ayudar y a recibir ayuda.

El segundo paso es aprender a ser útil. Y si puedes ganar dinero con esto, mejor aún. Tener un doctorado en filosofía raras veces ayuda en tiempos como los que van a venir. Siempre es de ayuda saber de costura, hacer su propio pan, reparar una tubería, entender algo de electricidad, ser capaz de arreglar una bici o levantar un tabique que no se caiga, por nombrar solamente algunos ejemplos.

¿Qué necesitará la gente en una crisis como la que va a venir? Tu respuesta te guiará en el camino que debes emprender. Y si no das con alguna respuesta, pregunta a tus familiares o amigos.

El tercer paso es entender que no es buena idea depender del Estado y de su capacidad de cuidarte. Claro, no es como nos educan ahora. Pero nos daremos cuenta de que quien tiene al Estado como padre, tendrá a la Miseria como madre. Nunca es mala idea aprender a cuidar de uno mismo en todos los ámbitos de la vida.

En cuarto lugar, esto significa que también como iglesia tenemos que replantearnos muchas cosas. Nuestra tarea es cuidar de los pobres, dar al hambriento, vestir al desnudo y visitar al encarcelado. No sería mala idea crear o por lo menos mejorar estructuras paralelas de ayuda y enseñanza para todas las áreas de la vida bajo la administración de personas responsables que actúan como embajadores de Cristo. Me parece fundamental crear algo propio para no verse degradado y limitado por la burocracia estatal.

Y precisamente allí radica nuestra gran oportunidad: enseñar en lo pequeño lo que luego puede ser el modelo para toda una sociedad en ruinas.

Es -dicho sea de paso- como los cristianos y su fe finalmente ganaron influencia en el imperio romano. Según nos cuenta Teodoreto, el emperador Julián Apóstata muere finalmente con las palabras: “Vicisti, Galilaee”, “Venciste, Galileo” en referencia a Jesucristo.3

Y también antes, durante y después de la madre de todas las crisis, el hombre de Galilea sigue siendo Dios.


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