Miedos

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Hay miedos en estos tiempos de pandemia, de pérdida de vidas de algunos de nuestros seres queridos, cuando muchos negocios tienen que cerrarse, cuando aumentan el paro y los ERTE, cuando un virus letal nos acecha. Es lógico que surjan multitud de miedos. Pues sí. Muchos temores pueden cubrir a los hombres como con un negro manto que les agobia. Un miedo que abarca por igual, en este caso, a los empobrecidos y a los enriquecidos, porque las riquezas no pueden liberarnos de la muerte ni de los miedos que nos producen las pérdidas que pueden afectar incluso a las fortunas más o menos injustamente conseguidas.

Sin embargo, los miedos son muy variados. Nos acosan como negros fantasmas que nos rodean tanto en medio del día como a lo largo de nuestra noche. Pueden existir miedos a las pérdidas de privilegios, a la pérdida del empleo, al desastre de nuestro negocio, a la enfermedad, a la muerte, a la pérdida de familiares queridos. Son miedos que frustran los deseos de bienestar y felicidad incluso en medio de las sociedades ricas. Tampoco hay tantas risas en medio de las sociedades de consumo, porque los diversos miedos minan los corazones y echa agua a los fuegos de esas sonrisas furtivas que pueden surgir en la contemplación de las riquezas o bienes de consumo.

El miedo no solo quita las sonrisas, sino que nos puede hundir en las negruras de la enfermedad, de la depresión, de la angustia. Vivimos en medio de una civilización del miedo, la civilización del terror al fracaso y, en su caso, como en estos tiempos de pandemia, a la enfermedad y a la muerte. Muchas veces no nos damos cuenta de que, muchos de los que consideramos triunfadores, han montado sus triunfos económicos en el estrés, en la vivencia del despojo de otros. Estrés insoportable en algunos casos. Miedos al fracaso.

Esto nos puede llevar a experiencias humanas totalmente negativas. Nos puede lanzar a vacíos existenciales y a angustias que no se compensan con abundancia de bienes materiales. Hay personas que montan sus pequeñas fortunas con renuncias esenciales como pueden ser el dar tiempo a las relaciones familiares, en las prisas, en horas y horas de trabajo, insomnios. Finalmente, miedos. El espantajo del miedo se pasea en medio de lo que llamamos nuestras sociedades civilizadas, están cubiertas de semáforos rojos que indican miedo y displacer, personas que deambulan tapadas con los negros espantajos del dolor, los vacíos, las angustias y el sinsentido de la vida. Los miedos.

El miedo tiene sus repercusiones psicológicas. Normalmente, las civilizaciones por donde el miedo se pasea triunfalmente, dan como resultado el que haya muchos y muchos ciudadanos que están más inquietos, más agresivos, más violentos, más incapaces de aguantar cualquier tipo de presión social, psicológica o económica. Nos hace peores personas. Además, en estos contextos de las civilizaciones del miedo, se puede dar lugar también al nacimiento de miedos irracionales, no asumidos conscientemente, demonios que nos atacan por doquier. Una civilización alocada, enferma.

Muchas veces se pregunta uno si los miedos serán más livianos en las sociedades empobrecidas. ¿A qué pueden tener miedo los pobres? ¿Son también presas del insomnio y del estrés? Sin embargo, no cabe duda de que la pobreza es el mayor escándalo humano en nuestra tierra. En su caso, hay mucho más sufrimiento que miedo, si es que el sufrimiento no está también emparentado con el miedo. El azote del hambre, de la escasez de medicamentos, la falta de capacitación, el abandono como si fueran un sobrante humano. En esas sociedades del sufrimiento, también el miedo tiende a abrirse camino.

¿Hay soluciones? Quizás, la solución para nuestras sociedades esté en un cambio de valores en un mundo en el que los hombres se conformen con tener lo suficiente para vivir con dignidad, en un mundo en el que pueda haber alimentos para todos, en un mundo ecológicamente sostenible en el que se anulen las fortunas de los acumuladores de la tierra, buscando el equilibrio económico entre los pueblos. Seguirían existiendo los temores a la enfermedad y a la muerte, pero muchos otros miedos, estrés, vacíos u presiones psicológicas, podrían desaparecer en un mundo más justo y en donde la codicia no fuera el rey.

Quizás la clave sea la renuncia a los niveles de consumo, el uso racional de bienes y servicios, la reducción de el tener tantas y tantas cosas, muchas de ellas superfluas, para poder vivir. Buscar los equilibrios económicos, sociales y culturales entre los hombres, aunque haya que renuncia a niveles de bienestar que, en muchos casos, son innecesarios por superfluos. ¿Qué tal sería un mundo que asumiera el valor social de ser menos ricos a favor de los más pobres? Quizás estaríamos empezando a recorrer la ruta de la eliminación de muchos miedos, angustias y vacíos existenciales. Los ricos podrían valorar el ser menos ricos económicamente, lo que les enriquecería en sus valores como personas. Sus negros miedos podrían disiparse.

En el mundo no habrá una liberación de los miedos hasta que no existan en el mundo tantos condenados pobres. Seguiremos muriendo presas de las garras del temor y sin encontrar la auténtica liberación. Si fuéramos más solidarios en un mundo más sostenible, un miedo importante desaparecería de sobre la faz de la tierra: el miedo a perder lo que se tiene, sea dinero, posesiones, situaciones de privilegio y el ser considerados como prestigiosos por nuestros niveles económicos. Necedad humana que sustenta muchos de los miedos que tenemos hoy en el mundo… y que sustenta la pobreza de más de media humanidad.


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