No hay problema, está todo controlado

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Era absolutamente genial jugando al fútbol, pero siempre quiso vivir «a su manera». Le encantaba disfrutar sobre todo de la bebida y las mujeres. George Best, el extraordinario jugador inglés de la década de los setenta, decía poco después de retirarse: «Si hubiera sido feo, me habría dedicado completamente al fútbol y ahora nadie estaría recordando a Pelé».

No creo equivocarme al decir que uno de los personajes más famosos de la historia es Sansón. Su fuerza y belleza eran extraordinarias. Dios le había concedido no solo el valor y el poder para vencer, sino también las características de un líder y la configuración de un atleta. El pueblo le seguía, las mujeres lo adoraban. Pero con el paso del tiempo, Sansón desarrolló un síndrome muy común en el día de hoy: el querer hacer siempre lo que uno quiere sin pensar en las consecuencias.

Sansón venció a sus enemigos cuantas veces quiso. No necesitaba ni siquiera estar armado para despedazar a un león o matar a cientos de filisteos. El problema comenzó cuando pensó que era invencible. No le importaba nada, siempre tenía recursos para salir airoso de cualquier situación. Llegó a creerlo incluso en el momento de la derrota más cruel: «Saldré como otras veces y escaparé; pero no sabía que el Señor se había apartado de él» (Jueces 16:20).

Me impresiona que Dios permita que conozcamos las debilidades de sus siervos para que no caigamos en las mismas trampas… pero me impresiona todavía más que aun sabiéndolo, seguimos fracasando de la misma manera. Somos demasiado orgullosos como para aceptar la gracia y la misericordia de Dios, y ese es el problema. Creemos que nosotros mismos podemos controlar todas las situaciones. Creemos que podemos salir fácilmente, no importa si conocemos mucho o poco, o si todavía no hemos aprendido a confiar en Dios. Todos nos creemos tan fuertes como Sansón.

Y conforme va pasando el tiempo, si hemos salido sin problemas de muchos líos en los que nos hemos metido pensamos que nada va a pasar ahora. A veces llegamos a vivir absolutamente inmersos en el pecado mientras asistimos a la iglesia o incluso «servimos» a Dios, así que pensamos que estamos un poco mimados por él y nos sentimos especiales, porque aparentemente no hay consecuencias de todo lo malo que estamos haciendo. Al contrario, ¡incluso podemos llegar a tener fruto espiritual como ocurría en la vida de Sansón!

Hasta que un día llega la derrota más cruel. El día que lo perdemos todo o casi todo.

No es sabio vivir al límite del precipicio. Jamás seremos felices si siempre queremos «ir un poco más allá», probando un poco más, pecando un poco más, cayendo un poco más. Tarde o temprano vamos a caer. Mucho más temprano de lo que pensamos, nos vamos a sentir solos (¡Dios no patrocina fanfarrones!) y vamos a vernos derrotados en las manos de quien solo quería destruirnos.

Reconsidera tu vida por un momento. Hazlo cara a cara con Dios, no con los resultados que estás obteniendo o con las fuerzas que tienes. La persona con más dones y fortaleza del antiguo testamento llegó a ser el hazmerreír de sus enemigos. Vuelve a Dios y abandona tus «juegos» antes de que lo pierdas todo.


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