No hay que conformarse

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A veces nos encerramos tanto en nuestro orgullo que no nos atrevemos a expresar lo que verdaderamente sentimos. Nos da vergüenza aceptar que nuestra congregación no va bien, lo que lleva a permanecer en un conformismo sin salida. Son muchos cristianos los que se encuentran en esta situación. Es doloroso. Para que los problemas no salgan a la luz hay una justificación refranera: los trapos sucios hay que lavarlos en casa. Bien, perfecto, pero usando ese refrán no se soluciona nada sino más bien reconocer que trapos sucios hay y que lavar, lo que se dice lavar, no se lavan.

Se tapan los problemas que provocan conflictos hasta que comienzan a pudrirse salpicando la paz del Señor y deteriorando la salud física. Hay que negarse a entrar por ese aro de negatividad y tristeza. Pienso que es bueno analizar y buscar la raíz de los problemas para encontrar soluciones dignas, pero no siempre se consigue.

En las iglesias, igual que en cualquier otro lugar, hay que rechazar el maltrato imperante que conduce a la humillación y sumisión de las personas. Se sufre mucho en las capillas. Los amigos abandonan a los amigos. La familia se aparta de los suyos. Se cancelan servicios que se prestaban con dignidad. Se amenaza, se da la espalda, se señala.

Sin embargo, no queda otra que avanzar. No hay obligación de entrar por la puerta donde la carne se disfraza de evangelio. Hay que encontrar la manera. Es difícil pero hay que intentarlo. El peligro de no hacer nada es que los que ven la luz de la verdad se cansen de no hacer nada y empiecen a amoldarse a los esquemas de ese estado insalubre que da una seguridad falsa, un globo de aire dañino que por nada del mundo se desea perder.

Hay que esforzarse en no cerrar los ojos con intención de no ver. Esforzarse en no taparse los oídos para no oír. Acobardarse y cerrar la boca.

Cristo es la imagen visible de Dios invisible*. Debemos ir a los evangelios y aprender más de su comportamiento. Es él quien marca las pautas.

¿Es este el Reino de los cielos que nos trajo el Señor? ¿Murió por mantener la temperatura que se supone adecuada dentro de los cultos? ¿Amordazó la verdad? ¿Cómo vivimos la respuesta a estas preguntas?

Hay que estar preparados hasta morir al conformismo si fuera preciso. ¿Cuántos moriríamos por el mensaje de Jesús? ¿Por qué es tan fácil acomodarse?

Es importante sanear, oxigenar las relaciones, acudir al Señor pidiéndole que nos ayude a ver la luz, y si hay que cambiar de lugar, cambiemos, no pasa nada. El evangelio es un camino que no se detiene. Recordemos el texto aquel que dice: Pues donde se reúnen dos o tres en mi nombre, yo estoy allí entre ellos. Mateo 18:20. No se precisa más que esto.

*Colosenses 1:15 (a)

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