¿Por qué hablamos con Dios?

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…porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos.

Una doxología exalta a Dios y expresa las verdades centrales de la cosmovisión cristiana. El padrenuestro termina con una doxología. Después de las peticiones anteriores alzamos de nuevo nuestra mirada hacia el Cielo. El “gran final” de esta oración nos explica por qué oramos en 15 palabras: todo el gobierno, todo el poder y todo el honor pertenecen a nuestro Dios. Punto. Es la confesión de que Dios es soberano.

De vez en cuando nos viene bien recordar estos simples hechos. Porque somos muy propensos a olvidarlos.

… tuyo es el reino

El Reino de Dios no pertenece a denominaciones, iglesias y confesiones. No se administra en comités, consejos y facultades teológicas. El Reino de Dios es de Dios. Y nos guste o no: simplemente somos siervos inútiles, botones, siervos y “mandaos” de Aquel que es la fuente de la existencia de todas las cosas – también de la nuestra.

En el cielo – la dimensión invisible de este Reino – ya se está cumpliendo la voluntad de Dios a la perfección. Y en la parte visible cada día un poco más. Dos mil años de historia de la iglesia con todos sus fracasos, con esa decadencia con olor a incienso, su afán por riquezas, parcelas y reinos de taifas obispales y pastorales no han podido acabar con el Reino de Dios. Porque este Reino le pertenece a Él y llegará el momento cuando su construcción habrá terminado. Y todo el mundo al final tiene que reconocer con asombro que es Dios quien ha construido su Reino. A veces con nosotros, a veces por nosotros y a veces a pesar de nosotros.

Finalmente el árbol habrá crecido y está en su punto de mayor esplendor y gloria para siempre.

Daniel lo vio en una de sus visiones y lo describe en un lenguaje solemne y triunfal que nos hace olvidar las miserias que nos rodean:

Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre.”1

Juan, el profeta de Patmos, complementa lo dicho por Daniel:

“… hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.2

El que ora y se dirige a este Dios que reina, jamás debería olvidar esta verdad fundamental, ni en la vida, ni en la muerte.

… y el poder…

Este Reino se está estableciendo poco a poco. Y finalmente triunfará. Ningún reino se impone sin poder y sin fuerza. Esto ha sido siempre el gran malentendido del mundo: considerar a los cristianos y a su mensaje como seguidores débiles de un mesías perdedor. Se le concedió a Cristo el estatus de “idealista”, “sabio” y “gran maestro”. Pero nada más. Y sin embargo, el triunfo del Crucificado se demuestra en su resurrección y el poder que emana de este hecho. Sus últimas palabras antes de volver al cielo fueron claras:

Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones… ”3

Cristo estableció un Reino que no es de este mundo. Su mensaje significa vida, su poder viene del trono de Dios y su victoria está garantizada. Ese poder se demuestra en la capacidad de sus discípulos para conquistar reinos.

“… por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batalles, pusieron en fuga ejércitos extranjeros.4

No es por nada que a los que representaron este Reino se les ha perseguido desde el inicio. Los poderosos de este mundo intuyen que el poder del evangelio amenaza sus propios reinos. Y allí está la razón de la persecución del pueblo de Dios desde los tiempos de Abel: sus enemigos siguen a la estrategia irracional de un Herodes: “Si este es el Mesías, yo le mataré”. Y de paso también a sus seguidores.

Pero para nada les ha servido. La fe cristiana es más fuerte que nunca – salvo en Europa, temporalmente. Las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia del Señor. Las tinieblas tienen que ceder a la luz, la mentira finalmente será desarmada por la verdad y la vida vencerá a la muerte.

El poder es de Dios. Suyo es la fuerza. Pero allí no queda. Del Trono del Padre fluye un río incesante que alimenta, inspira y fortalece a su pueblo. Capacita a los creyentes para aguantar persecución. Pero no solamente eso. La Iglesia tiene una capacidad ofensiva que ella misma ha subestimado continuamente: el pueblo de Dios no solamente participa en la historia de este mundo, sino que tiene la capacidad de dirigirla por el poder de Dios. Es una cosmovisión del triunfo final que es una consecuencia ineludible de este simple hecho: el poder es de Dios. Y esto tiene que llenar nuestras oraciones con confianza.

…y la gloria por todos los siglos

Poder formar parte de un Reino que no es de este mundo y que permanecerá aun cuando los reinos de este mundo dejarán de ser, es de mucho ánimo. No solamente vivimos derrotas y pasamos por problemas. También tenemos momentos de gloria cuando el cielo parece tocar la tierra.

Entonces es bueno recordar que toda la gloria, todo el honor, todo elogio y alabanza pertenece a Dios. Es una tentación no poco frecuente en el ministerio caer en un estado de autocomplacencia, un tipo de rutina ministerial donde parece que todo se maneja y todo se organiza. El afán por querer “salir en la foto”, recibir los honores que nos corresponden en nuestra opinión y todo lo que satisfaga el hambre voraz de nuestro viejo “yo” por elogios y homenajes tiene que ser confrontado con la sencilla verdad: la gloria le pertenece a Dios. Si mi ministerio vale para algo, es por la pura gracia del Señor. De hecho, todo lo que vale en mi vida, todo lo que ayuda y puede ser de bendición, no es producto de mi espiritualidad sino un regalo inmerecido de parte de Dios.

Pero ¡qué difícil se vive esta realidad! Rencores por haber sido pasado por alto, por no haber recibido la atención correspondiente o por haber encajado críticas justas o injustas han entorpecido y arruinado el ministerio de más de uno. Y más de uno se agarra a su ministerio – convertido ya en un ídolo – más que el tío Gilito a un puñado de dólares.

Que toda la gloria es para Dios y no para nosotros, es una verdad que se tiene que deletrear todos los días con paciencia e insistencia. No merecemos absolutamente nada. No tenemos derecho a nada. Lo que tenemos y lo que somos delante de Dios es únicamente un regalo de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz resplandeciente. Esa luz no es luz propia. Solo la reflejamos en el mejor de los casos.

La buena noticia es que quien sabe que toda la gloria es de Dios, puede tomarse un respiro. Incluso puede reírse de sí mismo primero, antes de que lo hagan los demás. Y el que sabe reírse de sí mismo, siempre está entretenido.

Con la gloria que es de Dios para siempre termina el padrenuestro. Es una excelente forma de confesar al final de cada encuentro con Dios, nuestra absoluta dependencia del Padre celestial.

Y si la gloria es para Dios, a nosotros nos queda el mejor sitio al que podamos aspirar: el que está a sus pies.

Notas

1 Daniel 2:44

2 Apocalipsis 11:15

3 Mateo 28:18

4 Hebreos 11:33.34


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