Reinar con fuerza

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Fue cuando llegué allí que descubrí mi error. Hasta entonces todo me parecía normal, Antonio no me había comentado nada sobre su familia ni el lugar de su nacimiento. Nos conocimos en Madrid, los dos éramos compañeros de trabajo en la fábrica de envasado de harina. Pronto nos fuimos a vivir juntos y tras dos años todo iba bien. Cuando la fábrica cerró de un día para otro nos vimos sin posibilidades de vivir por nuestros medios y él me propuso volver a su pueblo. Todavía no conocía a sus padres y me pareció una buena oportunidad.

Busqué en el mapa dónde se hallaba, cosa que hasta entonces para nada me había planteado. Aquel minúsculo punto se encontraba a seis horas en coche. Nuestro equipaje era escaso y no tuvimos problemas para trasladarnos en un solo viaje.

El pueblo apareció de repente acompañado por la última curva. Fue entonces cuando sentí que el alma se me mudaba de lugar y caía de golpe a los pies, ¿Hacia dónde nos dirigíamos? ¿Aún existían pueblos así en la península? Las casas apenas llenaban el espacio ni se vislumbraban bien debido a la falta de iluminación exterior. Llegamos ayudados por la memoria de Antonio y los faros del coche.

Era la hora de la cena. Comprobé que no nos esperaban, algo que no entendía pero enseguida me di cuenta de que no tenían teléfono ni hubo manera de avisarles. Sin embargo, Antonio no me había puesto al día de nada. Si este menester no me había importado en absoluto porque vivíamos centrados el uno en el otro, de pronto empezó a preocuparme.

La casa era oscura y pequeña, no solo por la entrada de la noche sino porque las paredes lo eran en sí, los muebles, los cortijajes. El aire que albergaba en su interior era tan rancio que me hizo pensar que la vivienda no se ventilaba nunca.

Me di cuenta de que nada más entrar, Antonio cambió ante la presencia de sus padres. Su lenguaje, sus modales se volvieron extraños. Intuí que no les caí nada bien y a Antonio tampoco le hicieron fiesta alguna en el recibimiento.

Con el transcurso de los días mi pareja continuó modificando de un modo poco natural sus costumbres. Me parecía habitar con un desconocido con el que apenas podía rozarme sin que soltara un bufido.

Día tras día yo era un fantasma ante los ojos de sus padres, alguien casi transparente que sólo se hacía visible para incordiar.

Nuestra habitación, sin puerta, se encontraba separada del resto de la casa por tan solo una cortina de tela indescriptible con ramajes marchitos. El brillo de los ojos del padre de Antonio me sorprendía de madrugada. Me miraba por uno de los resquicios que se abría entre sus pliegues laterales. Sabía que era él por la respiración sonora que salía de su garganta. Aquella mirada que intuía lasciva me descomponía, más aún la poca importancia que Antonio le daba a estos detalles de su padre hacia mi persona. Lo que para mí era escándalo, para mi pareja era un comportamiento normal en cualquier hombre.

No sé cómo pudo cambiar tanto en tan poco tiempo. Veía normal que su progenitor tuviese el sentido de la propiedad aguzado, que todo lo que hubiese en la casa le perteneciera. Incluso en más de una ocasión tuve que escapar de la cercanía de sus manos y salir corriendo a la calle hasta que mi pareja regresaba de no sabía dónde. Antonio, lejos de comprenderme y consolarme, intentaba convencerme de que estaba equivocada. Hasta acabé pensando que aquello le producía cierto regusto según comencé a deducir en los gestos de su cara. Su madre parecía no querer darse cuenta de nada.

La comida era escasa y estaba mal cocinada. Me habían prohibido la entrada a la cocina, casi a cualquier sitio de la casa. Cualquier iniciativa que tomaba era desechada por aquella mujer de rasgos y comportamientos tan hombrunos como vastos. Por eso salía por la mañana con tal de conseguir de alguna huertecilla una fruta que me llenara un poco el estómago.

Si ya la situación hacía que me sintiera intrusa, los habitantes del pueblo se esforzaban en recordármelo cada vez que salía a la calle. A pesar de estar vigilantes a lo poco que ocurría, me ignoraban o se mostraban ariscos nada más darles los buenos días al salir por la mañana, o saludarles por la tarde si se me antojaba respirar otro aire diferente, un poco más allá de la casa donde me hospedaba. Aquel era otro mundo. Un mundo anclado en un pasado amargo, una parcela malavenida en el planeta. Su fealdad reinaba con fuerza.

Los domingos estábamos obligados a disfrutar de una única diversión. Al salir de la iglesia a las doce y media, paseábamos hasta la minúscula plaza. Cuando todos estábamos congregados aparecía Juanito, de unos seis o siete años, hijo de uno de los labradores al que le ofrecían unas monedas por el sacrificio del niño. Allí mismo lo emborrachaban. A Juanito se le llevaba anís y coñac que bebía con gusto. Todos reían al verlo tambalearse minutos después, decir incongruencias, orinarse encima y vomitar. Aquel era un circo cruel en el que no podía fijar la mirada. Los demás, incluido Antonio, disfrutaban. Cada vez soportaba menos a mi pareja. No le conocía. No era el chico dulce y amable del que me enamoré.

Poco tiempo después entendí que era un pueblo sumido en el miedo. Por temor a que hicieran acto de presencia existían palabras impronunciables como muerte y pobreza, a pesar de ser las realidades que más abundaban. Un pueblo con miedo y sin voz. Se comunicaban con gestos, ya fuesen con los brazos o con particulares chasquidos de los dedos. Balanceaban también la cabeza de un lado para otro y se entendían. Las órdenes se daban con movimientos rápidos de los ojos. Todo me daba miedo porque yo no entraba en su forma de vida, ni quería.

Recordaba la vida en la ciudad cada vez con más añoranza. Quería volver como fuese, buscar otro trabajo antes de que se me cumpliera la ayuda estatal. Probar a vivir de otra manera. Cuando decidí huir sabía que tenía que hacerlo temprano, en cuanto amaneciera, llegar a algún sitio donde poder subir a un autobús que me llevase lejos, un lugar donde ni siquiera Antonio pudiese encontrarme. Él ya no me importaba. Su cambio de comportamiento, la falta de defensa ante sus padres hacia mi persona, el silencio sumiso ante cualquier orden que recibía de ellos era algo que me ponía enferma.

Para no levantar sospechas salí con lo que llevaba puesto y caminando a paso ligero, como quien iba a dar un paseo corto y volvería enseguida. Comencé a desandar el camino que me llevó hasta aquella jaula. Agradecí que hiciera buen tiempo. Antonio ya no me pertenecía en absoluto. Había vuelto a los rígidos brazos de sus padres en los que se había criado. No pude comprender bien si lo que él sentía era falta de cariño, si quería ser aceptado, o si es que volver allí le trajo recuerdos que no había querido olvidar y afloraban con velocidad, de tal modo que yo era una molestia en el desarrollo de su día a día. Me sentía tan estúpida. ¿Cómo pude caer en aquella trampa?

Después de dos horas de caminata me sentía agotada, no estaba acostumbrada. Ver lo que me pareció una parada de autobús me subió el ánimo y las fuerzas. Más aún cuando vi el vehículo asomar a lo lejos. Corrí hasta alcanzarlo. Jamás imaginé que subir a un medio de transporte público me devolvería la libertad que había perdido.

Ha pasado el tiempo y mis recuerdos no se desprenden aún de esta experiencia única. Confieso que no tengo prisa en que desaparezcan ya que me han ayudado sobremanera. En ocasiones una piensa que son las personas que nos rodean las que nos aportan felicidad e infortunio, y de algún modo es cierto. He madurado. Ahora estoy convencida de que el porcentaje mayor de ese poder está en una misma, aceptar errores, corregirlos con valentía, cambiar de rumbo y tomar las decisiones oportunas en cada momento es lo que nos proporciona la seguridad que necesitamos para dignificar nuestra existencia. Ser nosotros, no los otros, quienes reinen con fuerza en nuestras vidas.

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