El sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos

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El sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos

El sentimiento trágico de la vida, considerado como uno de los libros más importantes de los escritos por Unamuno, fue publicado el año 1913.

De este libro se ha dicho que es “la mejor sistematización del pensamiento del gran vasco”. El propio Unamuno lo define en este párrafo: “Lo que llamo el sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos es por lo menos nuestro sentimiento trágico de la vida, el de los españoles y el pueblo español, tal y como se refleja en mi conciencia”.1

Se trata de un sentimiento instalado en la personalidad individual del hombre y también de los pueblos: “A falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras si sola una concepción de la vida misma y del universo. Ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo hombres individuales, sino pueblos enteros”.2

Tal sentimiento trágico hace su aparición desde el momento que nos interrogamos sobre el sentido de la vida, su origen, finalidad y justificación. Escribe Unamuno: “¿Por qué quiero saber de dónde vengo y adónde voy, de dónde viene y adónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto? Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente”.3

Según Unamuno, en las 200 páginas que escribió sobre el sentimiento trágico de la vida puso lo más hondo de si mismo: el alma. No creo que este libro sea una parte del sistema filosófico del gran vasco.

Aquí no habla el pensador, habla el hombre de pasión, de sentimientos. Lo confirma: “He querido dar a la razón su parte y dar también su parte al sentimiento”. Añade: “He querido poner al desnudo, no ya mi alma, sino el alma humana, sea ella lo que fuera y esté o no destinada a desaparecer”.4

El jesuita Quintín Pérez publicó en 1946 un libro titulado El pensamiento religioso de Unamuno frente al de la Iglesia. Se refería, claro, a la Iglesia católica. Todo el libro está dedicado a confrontar lo que el autor llama pensamiento herético de Unamuno con lo que también llama pensamiento puro y verdadero de la doctrina católica.

Quintín Pérez exagera. Unamuno atacó a veces a la Iglesia católica y otras veces la defendió. El 4 de febrero de 1932, cuando el hemiciclo de las Cortes españolas debatía el tema religioso, Unamuno interrumpió al ministro de Justicia, Álvaro de Albornoz, al grito “yo no soy católico”.

Por lo demás, el pensamiento religioso de Unamuno es imposible de encasillar en confesión alguna. Siempre anduvo, como tituló uno de sus artículos, “contra esto y aquello”.

En sus Obras Completas lo vemos unas veces como ateo y otras como cristiano; como creyente o como incrédulo; como católico o como simpatizante y defensor del protestantismo; como identificado con la Reforma y como crítico de Lutero.

En el libro que estoy comentando afirma que una parte del sentimiento trágico que caracteriza a los españoles tiene que ver con su educación católica: “Lo que llamo el sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos es por lo menos nuestro sentimiento trágico de la vida, el de los españoles y el pueblo español, tal como se refleja en mi conciencia, que es una conciencia española, hecha en España.

Y ese sentimiento trágico de la vida es el sentimiento católico de ella, pues el catolicismo, y mucho más el popular, es trágico”.5

En el penúltimo párrafo del libro Unamuno se identifica una vez más, como lo ha venido haciendo a través de sus páginas, con el sentimiento trágico que denuncia en los españoles: “Se acaban estos ensayos sobre el sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, o, por lo menos en mi, que soy hombre, y en el alma de mi pueblo tal como en la mía se refleja”.6

Enrique Rivera, polarizado en Filosofía de la Historia, publicó en 1985 en Ediciones Encuentro un libro de 326 páginas que tituló Unamuno y Dios.

Rivera pretende saber “dónde Unamuno sitúa la pregunta por la existencia de Dios”. Julián Marías, en su obra de 1942 Miguel de Unamuno responde diciendo que desde joven, y a lo largo de sus escritos, el tema de Dios está presente en el pensamiento de Unamuno.

En El sentimiento trágico de la vida Unamuno incluye un capítulo de 20 páginas que titula De Dios a Dios. En la apertura del mismo adelanta que la creencia en Dios depende “del concepto que de Dios nos formemos”.7

Distingue entre concepto racional y concepto sentimental: “El Dios racional es la proyección al infinito de fuera del hombre por su definición, es decir, del hombre abstracto…. El otro Dios, el Dios sentimental o volitivo, es la proyección al infinito de dentro del hombre por vida, del hombre concreto, de carne y hueso”.8

En un arranque de sinceridad el gran vasco confiesa que la inteligencia es una cosa terrible, por lo que su idea de Dios es distinta cada vez que la concibe.9

No obstante esa inseguridad, en otro lugar rebaja la no creencia en Dios a nivel de los parásitos que viven en las entrañas de los animales superiores: “Un individuo suelto puede soportar la vida y vivirla buena, y hasta heroica, sin creer en manera alguna, ni en la inmortalidad del alma, ni en Dios; pero es que vive vida del parásito espiritual”.10

Remontándose al primer libro de la Biblia, Unamuno quiere un Dios activo, no contemplativo: “Dios no puede ser un Dios porque piensa, sino porque obra, porque crea; no es un Dios contemplativo, sino activo…. Un Dios teórico o contemplativo, como es el Dios éste del racionalismo teológico, es un Dios que se diluye en su propia contemplación”.11

Unamuno penetra con hondura en la fe y plantea el problema de la existencia de Dios desde la intimidad del ser. Como en otros pasajes de El sentimiento trágico de la vida, en este lo expone con argumentos evidentes: “No es necesidad racional, sino angustia vital, lo que nos lleva a creer en Dios.

Y creer en Dios es ante todo y sobre todo, he de repetirlo, sentir hambre de Dios, hambre de divinidad, sentir su ausencia y vacío, querer que Dios exista”.12

En la misma página echa manos del Salmo 14 y escribe: “Dijo el malvado en su corazón: ‘no hay Dios’. Y así es en verdad. Porque un justo puede decirse en su cabeza ‘¡Dios no existe!’.

Pero en el corazón sólo puede decírselo el malvado. No creer que haya Dios o creer que no lo haya, es una cosa; resignarse a que no lo haya, es otra, aunque inhumana y horrible. Creer en Dios es anhelar que le haya y es, además, conducirse como si le hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte de acción.

De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de esta la fe, y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo arrancan los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad”.13

Auxiliándose en el texto de san Pablo en Hechos de los Apóstoles 17:28, Unamuno trata la presencia de Dios en nosotros como lo haría cualquier predicador cristiano: “Este Dios, el Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en Él. Y está en nosotros por el hambre que de Él tenemos, por el anhelo haciéndose apetecer”.14

Los juicios de Unamuno sobre Dios expuestos en estas páginas están fuertemente unidos a sus ansias de inmortalidad. Deseos de que la vida no termine con el último suspiro terreno: “Creer en la inmortalidad del alma es querer que el alma sea inmortal, pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la razón, pase sobre ella”.15

En otro lugar de su discurso sobre el sentimiento trágico de la vida Unamuno cita a Mateo 16:26, “¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”, escribiendo a renglón seguido: “No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia”.16

Creía Unamuno que los seres humanos resolverían muchos de sus problemas sobre el sentimiento trágico de la vida presente si salieran a la calle poniendo a la luz sus penas, gritando al cielo, y llamando a Dios.

Tal vez como quería el patriarca Job: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su silla. Expondría mi causa delante de él. Y llenaría mi boca de argumentos. Yo sabría lo que él me respondiese” (Job 23:3-5). Unamuno coincide con Job: “Aunque creamos que no os oyese, que sí nos oiriría”.

Notas

[1] Obras Completas de Miguel de Unamuno, Editorial Escelicer, Madrid 1966, tomo VII, página 282. En adelante me referiré a este tomo sólo con las letras O. C.

[2] O. C. página 119.

[3] O. C. página 129.

[4] O. C. página 183.

[5] O. C. página 282.

[6] O. C. página 302.

[7] O. C. página 201.

[8] O. C. página 111.

[9] O. C. página 162.

[10] O. C. página 125.

[11] O. C. página 206.

[12] O. C. página 218.

[13] O. C. página 218-219.

[14] O. C. página 214.

[15] O. C. página 176.

[16] O. C. página 136.


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