Sexo bajo los olmos

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El Olmo

Sobre las cimas de los montes sacrificaron,

e incensaron sobre los collados,

debajo de las encinas, álamos y olmos que tuviesen buena sombra;

por tanto, vuestras hijas fornicarán, y adulterarán vuestras nueras. (Os. 4:13)

La palabra hebrea elah, אֵלָה, se tradujo, en este versículo de Oseas, por “olmos”. Es la única vez que aparece así en toda la Biblia ya que, en otras ocasiones, se tradujo también por “encinas” (Jue. 6:11; 1 R. 13:14).

Los eruditos creen que en vez del olmo común (Ulmus minor) o la encina (Quercus ilex) se trataría en realidad del terebinto (Pistacia terebinthus), mucho más abundante y conocido en Israel.

No obstante, como el olmo común también está presente en Tierra Santa, aunque sea en menor proporción que el terebinto, pasaremos a analizar sus principales características.

El olmo (Ulmus minor) se localiza sobre todo al norte de Israel y es un árbol caducifolio perteneciente a la familia Ulmaceae. Puede alcanzar hasta 40 metros de altura.

La corteza de su grueso tronco es pardusca, áspera y resquebrajada, mientras que la copa está formada por un denso follaje que proyecta una espesa sombra.

De ahí que dicha especie fuese muy buscada en la antigüedad para guarecerse de los ardientes rayos solares. Una de las características más distintivas de sus verdes y acorazonadas hojas es la asimetría basal que presentan en el peciolo.

Los frutos tienen un ala aplanada de tejido fibroso que rodea a la semilla (sámara) y que les permite mantenerse más tiempo en el aire, con el fin de ser dispersados por el viento.

Los olmos prefieren los suelos frescos y profundos próximos a los ríos, donde suelen asociarse con otros árboles, tales como sauces, alisos, álamos o fresnos. Se distribuyen por Europa, norte de África y Asia occidental.

El capítulo cuarto del libro del profeta Oseas (4:11-14), al que pertenece la cita que encabeza esta entrada, denuncia la triste realidad del pueblo hebreo que había abandonado a Jehovah para adorar a los ídolos cananeos y participar en sus rituales orgiásticos.

A la sombra de encinas, álamos, olmos o terebintos, israelitas de toda condición, edad y sexo, se prostituían mediante prácticas inmorales, rindiéndole culto a la diosa cananea de la fertilidad, Astarté.

Lo que indican estos versículos no es que Dios fuera a pasar por alto la infidelidad de su pueblo sino que culpabilizaría sobre todo a los líderes y dirigentes por haber permitido semejante traición.

Aunque los humanos preferimos mil veces al Dios misericordioso, es evidente que también es el Dios de toda justicia, que al final equilibrará la balanza y dará a cada cual aquello que le corresponde.


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