Ciertos olores a gueto eclesial

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Con mucho cuidado hablo del posible caso de que exista el peligro y el olor del gueto eclesial en nuestras iglesias. En alguna manera, me gustaría equivocarme, pero vamos a ello, con cuidado, como pisando sobre nieve resbaladiza.

Es una pena que la iglesia evangélica en España no tenga los suficientes medios económicos ni humanos para tener como templos edificios con posibilidades de estar abiertos todos los días como forma de ofrecerse al vecindario, como lugar de reflexión, de búsqueda de consejo, de ayuda a los que buscan algún tipo de auxilio, de orientación espiritual, cultural social o humana.

Una pena que los locales de nuestras iglesias permanezcan, de alguna manera y en general, porque excepciones puede haber, cerrados, como espacios privados clausos que, ciertamente, se abren los domingos por la mañana y, en algún caso, abren también una hora de algún día laboral para algún pequeño grupo que se une para orar.

Es también una pena que ese espacio y esos grupos que, en la mayoría de los casos, no son personas del barrio, sino que llegan con sus coches, aparcan y permanecen allí algunas horas, para luego desaparecer hasta la próxima semana, dando la sensación de que ese lugar es un espacio privado ¿Habría alguna posibilidad de dar mayor permanencia a esos espacios para que puedan ser lugares abiertos para vecinos y personas que necesiten orientación, con independencia de sus creencias, costumbres o culturas, transformándose un lugar de consejería espiritual abierto a las situaciones culturales y sociales de nuestros barrios sin importar sus ideologías? ¿No os parece que esto podría ser una reflexión mínimamente interesante para evitar la creación del gueto eclesial?

Pregunta: ¿es bueno el uso de un espacio solo para el culto, la alabanza, la oración y la escucha de mensajes, una vez a la semana, mientras se da la espalda a todas las problemáticas vecinales o humanas que rodean ese lugar de cultos? Si así fuera, no seríamos iglesias de barrio ni para el barrio. Demasiado tiempo cerradas, aunque abiertas unas horas, fundamentalmente los domingos por la mañana para aquellos llamados miembros, aunque, explícitamente, no se impida la entrada a nadie.

Sin embargo, damos la impresión de ser espacios especiales, privados y, en la mayor parte del tiempo, espacios cerrados. Nuestras iglesias, por múltiples razones, no se convierten en espacios de diálogo para el barrio. No somos parroquia. Pareciera, en muchos casos, que estamos dando la espalda al mundo y que no estamos abiertos a los signos de los tiempos. Esto podría dar lugar al gueto eclesial.

Podemos quedar ajenos al dolor, a las preocupaciones, inquietudes, esperanzas o desesperanzas de tantas personas que nos rodean y que no somos capaces de ser un espacio de comunicación con ellos. Quizás, hasta tenemos nuestro propio lenguaje eclesial, nuestras propias formas de saludarnos y comportarnos, nuestra propia forma de vestir, nuestros propios estilos de comportamiento. Un grupo especial, una especie de grupo iniciático.

Aunque pueda haber excepciones —que me perdonen aquellas iglesias que están a la vanguardia del diálogo y la preocupación por aquellos más cercanos, independientemente de sus ideologías religiosas, políticas o culturales—, yo creo que sí merece la pena la reflexión para, en el caso de que lo haya, podamos ser sabios para romper el gueto eclesial, que seamos iglesias en diálogo con el mundo, con las ciudades, los pueblos y los barrios. Que no nos consideremos un grupo especial de redimidos aislados, disfrutando del Evangelio, sino personas abiertas al diálogo, al consejo, al ejemplo de vida, a la vez que remanente fiel en el amor al prójimo que nos rodea. Hay que potenciar la acción y la presencia evangélica extramuros de la iglesia.

No demos siempre las respuestas ya aprendidas, absolutas e incambiables sin importarnos los contextos culturales en los que está la iglesia. Aquí entrarían en juego conceptos que usan algunos teólogos, de hablar de inculturar el Evangelio y evangelizar las culturas que nos rodean. Hay que estar comprometidos en diálogo con el mundo, en servicio, búsqueda de justicia, práctica de misericordia, a la vez que somos oídos que escuchan, lenguas que se comunican y manos y pies disponibles para la ayuda al prójimo que nos necesite.

Tenemos que ser iglesias abiertas, compartiendo vida con los que nos rodean, compartiendo inquietudes, compartiendo visión frente a las problemáticas humanas en las que estamos inmersos. Templos de puertas abiertas y muros permeables que muestren que son espacios de solidaridad y amor cristiano, espacios de acogida y apertura al diálogo con aquellos que lo necesitan, que, quizás, incluso, lo ansían, pero no ven en nuestros lugares eclesiales el lugar adecuado para desnudarse interiormente clamando por ayuda y comprensión, buscando la liberación de sus miedos, de sus vacíos, de sus angustias existenciales, de su necesidad de apertura a la trascendencia.

La iglesia, con el conocimiento que debe tener de los valores del Reino, con la apertura que debe tener hacia la esperanza en un mundo en desesperación, no puede cerrar tanto tiempo sus puertas. Debemos buscar alternativas para que sean no solamente iglesias de puertas abiertas, sino de corazones y de manos tendidas y disponibles para los que nos rodean. Señor, ayúdanos a no convertirnos en guetos eclesiales, sino en seres redimidos abiertos al diálogo y al compromiso con el mundo… para poder acercarles los valores del Reino que irrumpen con tu llegada a nuestro mundo.


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