El tiempo se detiene

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Hace algunos años tuve el privilegio de visitar con toda mi familia, la casa del escritor C. S. Lewis en las afueras de Oxford. Fue una experiencia genial por muchas razones, pero sobre todo por el hecho de poder pasear alrededor de un pequeño lago que se encuentra en la parte de atrás del edificio. Mientras oraba allí, imaginaba en cuantas ocasiones el propio escritor encontró inspiración en aquel lugar, para plasmar alguna de las aventuras de Las Crónicas de Narnia o los momentos en los que pudo conversar con Dios y meditar sobre lo realmente importante en la vida.

El tiempo se detiene cuando hablamos con nuestro Creador.

Vivimos en un mundo esclavizante que no nos permite descansar ¡y mucho menos meditar! Nos dejamos arrastrar por cientos de actividades diferentes y no somos capaces de disfrutar de la paz y el descanso que Dios nos regala. La tiranía de lo instantáneo nos ha absorbido por completo: en todos los campos, la cultura, el trabajo, la economía, los medios de comunicación, las relaciones personales, etc. Lo que no sucede ahora mismo, no sirve para nada ¡Y el problema es que en la iglesia está pasando lo mismo!

El diablo nos ha instalado en la urgencia continua y todos hemos caído como bobos en sus redes. Muchas veces me asusta ver que las relaciones humanas estén gobernadas por las llamadas redes sociales, porque siguen siendo eso: redes que atrapan, porque absorben nuestro tiempo sin permitirnos descansar.

El mal siempre está activo: no sabe ni quiere pensar, no quiere meditar ni mucho menos disfrutar de momentos de silencio y calma. La urgencia es el caramelo del enemigo, todo hay que hacerlo con prisa y casi con desesperación. Dios es el Creador de la calma, el único que regala, con su gracia, sinfonías llenas de paz. Cuando nos aceleramos no tenemos tiempo para pensar, ¡así que nos equivocamos una y otra vez! Cuando descansamos, dejamos que Dios acaricie nuestra alma y aprendemos a disfrutar.

Creo que estamos perdiendo esa batalla: La mayor parte del entretenimiento diseñado por el ser humano en el presente siglo, tiene como objetivo que nadie pueda pensar ni meditar; lo que hacemos nos obliga a ocupar todo nuestro tiempo en lo que sea para no reflexionar ni ¡mucho menos! saber hacia dónde vamos o quienes somos. El diablo sabe que lo mejor que puede hacer para destruir a alguien es llenarlo de prisa: cuando no tiene ninguna opción de “parar” a alguien, lo vence acelerándolo.

La consecuencia es que cuando dejamos de descansar en el Señor, el enemigo nos lleva a desconfiar de Él. No en vano, en la Biblia, descansar también significa dejar de querer controlarlo todo. Cuando dejamos de confiar en Dios nuestra alegría desaparece por completo, perdemos de vista que nuestro Padre quiere disfrutar con nosotros y nos metemos de lleno en un mundo de preocupaciones y amargura. “Me has sacado de tus pensamientos” (Jeremías 13:24 versión “Biblia al día”), le dijo Dios a su pueblo ¡Es un peligro demasiado grande como para olvidarlo! Si Dios deja de reinar en nuestro corazón y nuestros pensamientos, lo estamos perdiendo todo…Aunque tengamos mucha prisa por llegar a ninguna parte, porque estamos perdiendo las fuerzas que no tenemos para hacer nada que merezca la pena.

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