Escritores evangélicos, palabra viva

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Principio de 2021. Busquemos la palabra, la Palabra. Los cristianos siempre hemos dado mucho valor a la palabra escrita, quizás porque confiamos en La Palabra, así con mayúsculas, en las Escrituras. Lo escrito es algo que permanece, no muta. Es un acto de valentía el saber que lo escrito, escrito queda. De ahí mi valoración de los que escriben en los diferentes medios de comunicación evangélicos o los que publican libros. Mi homenaje, aunque pueda parecer ingenuo, a los escritores cristianos, Escritores por vocación.

La palabra hablada puede parecer menos consistente, aunque, lógicamente, también la valoro. Hay que reconocer que mucho de lo hablado en radio, televisión u otros, ha sido escrito antes y también puede permanecer tiempo y tiempo. No sé si todos somos capaces de valorar tanto esfuerzo, si sabemos valorar en profundidad tanto espacio para la palabra escrita, si hemos aprendido a valorar el trabajo de estos hombres, artesanos de la palabra, apreciar el compromiso de los escritores evangélicos.

¡Cuánto valor tiene un escrito, cuánta fuerza evangelizadora, informadora y formadora puede contener! Así, la palabra escrita que permanece como testimonio durante años y años o, en su caso, siglos y siglos, debería ser mucho más valorada. Es la fuerza de los escritores evangélicos, la fuerza de la denuncia, de la comunicación de nuevos valores o, mejor dicho, del intento de sacar a la palestra los valores del Reino. Sí. Esos que pueden cambiar el mundo y la historia: denuncia, anuncio, búsqueda de la justicia, siembra de nuevas ideas y conceptos, formas de emular a la propia Palabra, siguiendo su ejemplo, valores y reglas, pues en esa línea es en la que queremos trabajar.

Deberíamos esforzarnos mucho más en leer a nuestros escritores. Os invito a ello. La palabra escrita puede permanecer como un semáforo, un faro guía, una luz y una sal que inundan y dan sabor al mundo. Yo valoro mucho a los que dedican su tiempo a escribir y, en este caso, a mantener vivas nuestras revistas y medios de comunicación evangélicos, medios cristianos. Muchos de ellos son evangelizadores, usando los métodos informáticos modernos. El que no lee, el que pasa de largo, no podrá jamás escuchar esas voces, el clamor y el anuncio de los artífices de esa palabra escrita que corre paralela a La Palabra, aunque guardando siempre las distancias que haya que guardar.

El que no lee, quien no escucha nunca esas voces, se pierde esas diferentes sensibilidades y deseos de comunicación de unos valores que, para cada escritor, son la base de su pensamiento, de sus creencias, de sus compromisos, de sus denuncias y de sus anuncios. Así, los escritores evangélicos son púlpitos, plataformas de comunicación de conceptos que, en muchos casos, pueden ser liberadores, pueden transformarse en farolas, luces, semáforos, señales y signos del compromiso que, en el caso de los evangélicos, muchas veces se hace sin afán de lucro, sin ganancia alguna, nada más que la satisfacción del servicio.

Dios es la Palabra. En el principio era el Verbo, la Palabra. Esa palabra ha quedado escrita. Múltiples escritores, inspirados por Dios, plasmaron el Verbo en Palabra escrita. No digo que los escritores evangélicos actuales tengan esa inspiración, pero algo de ella sí que puede haber en aquellos escritores comprometidos que creen en el valor transformador de la palabra, aunque la pongamos así, con minúscula. Escritores que, de alguna manera, también pueden ser inspirados por el mismo Dios.

Esa palabra escrita que parece que está ahí en el trasfondo de algún oscuro armario, puede hacerse actual cuando un lector se asoma a ella. Es entonces cuando puede cambiar situaciones, valores, sensaciones, pensamientos, compromisos de vida. La palabra puede construir o destruir, pero nosotros creemos en la palabra que construye sobre cimientos estables, no sobre arenas movedizas. El escritor evangélico escribe o debe escribir en compromiso con Dios y con el prójimo, con lo trascendente y con nuestro mundo en el aquí y el ahora que nos ha tocado vivir.

El escritor evangélico puede usar la palabra como misión profética en un mundo injusto en el que reina la increencia, el egoísmo y el culto a lo material, el homenaje al dinero y a las posesiones, pero el escritor que ha conocido al Señor sabe que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que se poseen” y, así, apoyados en La Palabra escrita, en las Escrituras, puede lanzar unos valores que están enraizados en un compromiso de amor y de servicio al prójimo.

En el escritor evangélico puede haber un compromiso pedagógico y evangelizador, un compromiso que sigue las huellas del Maestro. Hay que seguir escribiendo, también hablando. Al igual que la Palabra nunca vuelve vacía, así también puede ocurrir con nuestra palabra escrita como seguidores del Maestro. Función profética, transformadora de estilos de vida y prioridades, creadora de nuevas actitudes y costumbres enraizadas en aquellos valores que emanan de Aquél a quien siguen, moldeadores de un mundo a golpe de palabra.

Quizás los escritores posean el arma más potente que jamás haya habido: la palabra, la palabra como arma, como ariete en contra de la injusticia, en oposición a las estructuras de maldad, injustas y de poder terrenal basado en valores antibíblicos. Hay que ser conscientes de la fuerza y del valor de la palabra y usarla de forma continua y permanente.

La palabra escrita se agarra a esa permanencia y es menos efímera, quizás, que la hablada, aunque como ya dijimos, mucha palabra hablada en medios de comunicación ha sido antes escrita. Evangelizadores del mundo con la palabra plasmada negro sobre blanco. Habría que usar mucho más la fuerza de la palabra, valorarla, leerla, analizarla, reflexionar sobre ella y, cuando es posible, lanzarse a la ardua e interesante tarea de escribir para otros.

Escritores que, con su palabra, pueden anunciar y denunciar, pueden trastocar los valores en contracultura con los valores bíblicos, palabra que puede abrir nuevos horizontes de esperanza. Trastocadores de los valores antibíblicos de la sociedad de consumo que da la espalda al escándalo de la pobreza, trastocadores de aquellos valores que están produciendo cada día más la imagen del desclasado, del que no cuenta para nada, del oprimido, del abusado, del apaleado.

Ahí estaban trabajando los profetas y, así, el escritor debe ser también algo profético, la voz de Dios que clama en un mundo injusto y de dolor. El escritor evangélico no solo debe pensar en el más allá, sino que debe buscar la promoción humana, la de las personas, para que tengan una vida digna y abundante.

Usemos siempre la palabra. Escribamos y también hablemos. Seamos hacedores de la palabra o, si se quiere, de La Palabra como herramienta para la trasformación del mundo. A golpe de palabra, no a golpe de espada, ni de fusiles, ni de bombas ni de metralletas. Estas últimas no serían necesarias en un mundo en el que predominara la palabra en compromiso con el mundo, con los débiles de la tierra, con la justicia, con la misericordia. A fuerza de palabra, a golpe de palabra.

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