La ley de la libertad

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Salmos es el libro favorito de la Biblia de muchas personas. Esto no sorprende, porque el libro contiene oraciones, alabanzas, y confesiones de sus autores, a quienes apreciamos tanto porque nos identificamos con ellos. Nos compadecemos de sus luchas, ansias, y aprietos. Cobramos fortaleza al leer que Dios siempre les fue fiel y que ellos nunca dejaron de confiar en Él.

Debemos emular el ejemplo de perseverancia en Dios de los salmistas en medio de las dificultades. Ellos expresaron claramente que la ley de Dios fue su parte favorita de la Biblia: La ley de Dios son los primeros cinco libros que Moisés dio a Israel (Neh. 10:29), conocidos como la Torá. Ellos buscaron leer, meditar, y atesorar la ley de Dios (Sal. 119:97).

Si somos sinceros, aunque podemos haber leído la ley de Dios, quizá no tenemos una idea clara de qué es en realidad. ¿Sabías que: “la ley de Dios es una muestra de Su amor”? (loc. 73). Descuidarla y desconocerla es algo lamentable, considerando que la primera revelación que Dios entregó a su pueblo fue su ley.

La ley de la libertad

Miguel Núñez

B&H Español. 196.

Los autores de “Lay ley de la libertad” recapitulan el trasfondo histórico de la entrega de la ley de Dios, misma que fue dada después de la liberación de Egipto. La inauguración de la ley fue marcada por esta obra histórica de liberación que Dios hizo a favor de Israel. Ahora, dada esta nueva libertad y redención, ellos podrían ser el tesoro especial para Dios. La ley de Dios fue establecida sobre Su gracia.

B&H Español. 196.

Ahora, los protestantes en los siglos XVI y XVII estimaron la ley de Dios y quedó evidenciado porque priorizaron los diez mandamientos en sus respectivos catecismos. Desafortunadamente esto no sucede en la actualidad. Por eso agradezco al pastor Miguel Núñez y a su hermana, Viola Núñez, por traer de nuevo la preeminencia de la ley de Dios a través de una exposición que reivindica los diez mandamientos.

La ley de la libertad

El libro empieza presentando la urgencia de estudiar la ley de Dios y describiendo para qué sirvió la ley al ser establecida. La ley sirvió para…

  • Revelar el carácter de Dios y, en especial, mostrarnos su santidad.
  • Enseñar qué es lo que complace a Dios y nos invita a caminar en santidad.
  • Manifestar la incapacidad humana de cumplir los decretos de Dios.
  • Enseñar la necesidad de la gracia.
  • Demostrar el amor de Dios por medio del Salvador, quien estuvo dispuesto a encarnarse y cumplir la ley por nosotros.
  • Frenar parcialmente el pecado de la humanidad (loc. 75).

Los autores recapitulan el trasfondo histórico de la entrega de la ley de Dios, misma que fue dada después de la liberación de Egipto. La inauguración de la ley fue marcada por esta obra histórica de liberación que Dios hizo a favor de Israel. Ahora, dada esta nueva libertad y redención, ellos podrían ser el tesoro especial para Dios. La ley de Dios fue establecida sobre Su gracia.

Antes de entrar en su exposición de los diez mandamientos, los autores explican su manera de interpretarlos. Según Mateo 5:17-19, el Señor no pretende entregar una nueva ley ni reemplazar la antigua. Jesús solamente procura enseñar el verdadero significado moral de la ley de Dios y del resto del Antiguo Testamento que había sido interpretado y aplicado de manera errónea por los fariseos.

Al igual que Jesús, los autores hacen una diferencia entre la letra y el espíritu de la ley, explicando que “La letra de la ley es lo que está escrito en ella de modo literal. El espíritu de la ley se refiere a la intención espiritual detrás del mandamiento” (loc. 486, énfasis original). Así que, cada mandamiento recibe una exposición que muestra cuál es la letra y el espíritu de la ley. Con este patrón, los autores dedican un capítulo a cada uno de los diez mandamientos.

El evangelio cambia nuestra relación con la ley

Ahora, el título del libro es una aparente contradicción. ¿No es la existencia de una ley automáticamente una restricción de la libertad? Además, ¿no son los mandamientos del antiguo pacto obsoletos a la luz del evangelio? Ante estas preguntas, los autores presentan algunos argumentos.

Primero, los mandamientos de Dios no fueron entregados para restringir la libertad, sino para dar libertad. La ley de Dios fue dada para liberar al hombre de la esclavitud espiritual porque la libertad es el estado de no ser esclavo. Dado que la esclavitud viene por el pecado, la única manera de ser verdaderamente libre es estar sin pecado. Esto revela la gravedad de la condición del hombre, porque a este le es imposible estar sin pecado.

Segundo, Dios entregó su ley para mostrar al hombre su pecaminosidad. Por lo cual, el evangelio es necesario para salvar al hombre, quien no podía guardar la ley por la debilidad de su carne. Por eso Jesucristo vino para morir en el lugar de los pecadores para perdón de su pecado, culpa, y condenación por parte de la ley.

Tercero, ahora que somos libres de la condenación de la ley, el evangelio nos permite tener otra relación con la ley. Ahora, la ley tiene el propósito de ayudarnos a saber cómo amar a Dios y ser libres. La ley se vuelve un aliado para no sujetarnos al yugo de esclavitud (sea legalismo o libertinaje). La ley de Dios es la ley de la libertad para el cristiano (Stg. 2:12).

El evangelio revela la perfección de Cristo ante la ley

Tristemente, la mayoría de las personas leen los diez mandamientos y piensan que no están tan mal. Muchos los leen con ligereza y afirman al igual que el joven rico: “Todo esto lo he guardado desde mi juventud” (Lc. 18:21). Razonan así: “Yo soy una buena persona. ¿Cómo no? Yo no he matado, no robo, no adoro a ídolos. Entonces, he guardado los diez mandamientos”. Muchos piensan así sin saber que su jactancia los condena. Nadie ha guardado los diez mandamientos exceptuando a Jesucristo.

Los Nuñez escudriñan los diez mandamientos para extraer su sentido literal y también espiritual, mostrando que nadie está ni cerca de ser justo. Ni uno. Los autores no se quedan solamente en la superficie de la prohibición, sino que profundizan hasta alcanzar la raíz pecaminosa debajo de cada transgresión. Excavan con el fin de mostrar la profundidad de la depravación que hay detrás de cada uno de los quebrantamientos de estos mandatos divinos. Por ejemplo: el hurto no solamente se manifiesta como tal, sino que la raíz pecaminosa se manifiesta primeramente por el egocentrismo y la avaricia.

Además, muestran de qué manera deshonramos a Dios por romper estos mandamientos. Para continuar con el ejemplo del hurto, este no es solamente contra el hombre, sino contra Dios, porque el hurto nace de un corazón desagradecido con la provisión de Dios. Cada vez que pecamos ofendemos a Dios y evitamos imitar a Cristo, nuestro ejemplo perfecto. Los autores muestran cómo cada pecado es un hecho de rebelión contra Dios.

Algunos piensan que los diez mandamientos se dividen en dos categorías: la primera con Dios y la segunda con el prójimo, pero esencialmente todo tiene que ver con cómo nos relacionamos con Dios. El libro también tiene al final de cada capítulo una corta sección dedicada a la aplicación personal. Estas secciones fueron añadidas para hacer reflexionar a los lectores sobre las exposiciones. Por eso al terminar cada capítulo es vital hacer una pausa para hablar con Dios y pedirle que obre en tu corazón según su beneplácito.

Una exposición del corazón humano

Si piensas que la ley de Dios no tiene importancia para tu vida espiritual, estás en un lugar peligroso. La ley de Dios es la columna vertebral de la revelación divina. Los que descuidan la ley de Dios descuidan su alma a su propio riesgo. Si lees los diez mandamientos y no crees que tienes porque preocuparte, deberías. No podemos clamar ignorancia ante Dios por nuestra ceguera o indiferencia de vivir conforme a su ley.

La iglesia tiene que dejar de dividir indebidamente la ley y el evangelio. Jesús no lo hizo, tampoco Pablo. Todo debe estar en el lugar apropiado. Por eso esta lectura es reveladora, porque nos muestra cuánta santificación y renovación nos falta. ¿Crees que no tienes ídolos? Entonces no tienes corazón. ¿Crees que no tomas el nombre de Dios en vano? Entonces no tienes la habilidad de hablar. ¿Crees que no codicias? Entonces debes ser el dueño del universo. No te engañes a ti mismo, porque: “¿Quién puede decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?” (Pr. 20:9).

Este libro es una bendición al pueblo de Dios lleno de teología práctica, consejos sensatos, y exposiciones fieles. Si buscas ser santo y humilde, y deseas amar más a Dios, aquí tienes una exposición fiel de los diez mandamientos que, a la vez, exponen tu corazón.

Tu alma y tu familia se beneficiarán grandemente no solo por la lectura de este libro, sino por la aplicación de la Escritura en tu vida.

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