“Las piedrecitas blancas y el país de los sueños”, por Pilar Olmedo

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Se ha dicho que el cuento es una novela en embrión. Tiene como base el hecho de tratarse de un relato breve, generalmente en prosa, diferenciado de la novela por su circunstancia narrativa. Originariamente el cuento es una de las formas más antigua de la transmisión oral y de la literatura, donde existen obras de autores considerados famosos. De los cuentos escritos pensando en niños aún se siguen publicando La bella durmiente, Caperucita roja, Barba azul, El gato con botas, Las Hadas, Cenicienta, Riquete el del copete, El patito feo, La niña de las cerillas, Piel de asno, Pulgarcito, El soldadito de plomo, decenas y decenas de otros que hicieron famosos a sus autores, como el danés Hans Christian Andersen y el francés Charles Perrault.

A esta ingente cantidad de cuentos para niños se une ahora Pilar Olmedo con dos deliciosas narraciones para los pequeños. Olmedo es escritora y poeta. Reside con su familia en Tomelloso, Ciudad Real, y es miembro activo en la iglesia evangélica de su localidad.

A uno de los cuentos lo ha titulado Las piedrecitas blancas, que se introduce en esta sinopsis:

“En una ciudad vivían dos muchachos. Una noche escucharon por la radio una extraordinaria noticia: el rey del país vecino recibiría en su palacio a cuantas personas le visitaran; concedería el privilegio de sentarse con él a su mesa y compartir un suculento banquete a quien llevase el regalo más original. A la mañana siguiente, no sin antes consultar a la almohada y haber escogido el regalo para el rey, los dos muchachos se pusieron en camino: ¡El gran honor de cenar con su Majestad les esperaba!”.

Los dos muchachos, que no se conocían entre sí, se encuentran al salir de la ciudad. Puesto que llevaban el mismo destino decidieron hacer el viaje juntos, como buenos amigos. Uno de los dos se llamaba Damián. Aún cuando he leído detenidamente las páginas del libro no he hallado el nombre del otro. ¿Por qué? ¿Qué misterio hay aquí? Olmedo lo identifica simplemente como “el primer muchacho”. Este llevaba al rey un regalo que escondía dentro de una bonita caja y que no quería revelar a su compañero de viaje. Amigos sí, pero no tanto.

Aventuritas por el camino. Una anciana cargando una enorme jarra de agua. Damián decide ayudarla, acompañándola hasta su casa y cargando con el agua. En agradecimiento la anciana le regala una piedrecita blanca que el niño guardó en un bolsillo de su pantalón. Camina que camina ven a una niña que lloraba porque su pequeño cachorro había caído en un hoyo. Damián rescata al cachorro y recibe otra piedrecita blanca.

Llega el turno al leñador que encuentran cruzando el bosque. El hombre trataba de poner en marcha una vieja máquina para cortar árboles. No podía. Otra vez Damián. Une sus pocas fuerzas con las del leñador, arranca la máquina y al bolsillo del pantalón de Damián entra la tercera piedrecita blanca. Las piedras se multiplican. Damián ayuda a otras personas con problemas.

Dos días más de caminata y llegan a palacio. Fueron recibidos por el rey, quien preguntó por los regalos. El primer muchacho le presentó la caja que había ido cuidando a lo largo del camino y dentro había un pastel de buen ver.

—Muy apropiado, dijo el rey.

Llegó el turno a Damián. Dice al rey que no tenía regalo alguno, pero le entregó todas las piedrecitas que pesaban en un bolsillo del pantalón y le hizo saber que las había recibido de personas a las que había ayudado a lo largo del camino.

El rey dictó sentencia: El pastel se había estropeado durante el viaje. No se podía comer. Las piedrecitas representaban el amor al prójimo del que habló Jesús. La cantidad de piedras indicaba el número de personas a las que había asistido. Así que quien se sentó a la mesa para comer con el rey fue Damián.

¡Bien…!

El segundo cuento escrito por Pilar Olmedo se titula Celeste y el país de los sueños.

Celeste es un osito de peluche color azul cielo. Es “blandito, suave, esponjoso, naricita rosada, ojos negros, sonrisa pespunteada”. Min es un niño de cuatro años. El peluche había sido regalo de papá a mamá cuando jóvenes, pero él lo había heredado. Llegó a ser compañero de Min en sus muchas aventuras y travesuras. El niño no se separaba de Celeste. Unas veces lo paseaba de la mano por la casa. Otras, lo agarraba de una oreja o del tirante del pantalón que vestía Celeste: en ocasiones jugaban los tres, el peluche, Min y el perro de la casa, que cuando tenía oportunidad procuraba morder el cuerpo blando del osito.

Niño y peluche se distraían juntos. Min llevó a su mascota para que contemplara el mar; jugando en el barro el pobre osito acabó en la lavadora. Llegada la noche y la mamá de Min lo acostaba, el niño dormía abrazado a Celeste.

Los sueños de Min eran constantes. Y con frecuencia espantosos. Como la noche que se despertó asustado porque luchaba contra un dragón verde que se lo quería comer. Esta pesadilla llegó a producirle fiebre hasta el punto de que la madre, asustada, solicitó la intervención de un médico.

Concluye Pilar Olmedo: “Celeste pudo dormir junto a Min, al que la aspirina le había bajado la fiebre, y pudo descubrir un mundo maravilloso nunca imaginado en el cual se lo pasaban “bomba” los dos”.

Y colorín, colorao, los cuentos se han acabao.

Llevo años y años comentando libros ilustrados. He de decir que las ilustraciones de Natalia Rosales a los cuentos de Pilar Olmedo son una maravilla, una auténtica obra de arte. Todas, desde la primera a la última. La grandeza artística de Rosales consiste en superar el arte. Se aprecia que esos dibujos han brotado del amor a los dos cuentos. Valiéndose de la materia necesaria Rosales a pintado a Celeste, a Min, al perro, a Damián, al compañero, a la viejita, a la niña llorona, a las piedrecitas, al rey, al castillo, con una naturalidad y una gracia que atraviesa lo posible y va más allá. Citando al célebre crítico inglés John Ruskin en su libro Los elementos del dibujo, Rosales ha creado sus personajes ajustando con el mejor orden los pensamientos, las formas y los colores. El resultado ha sido una obra maestra, especialmente en la armonía de colores.

Mis felicitaciones, Natalia.


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