Lo que Jesús no podía pedir

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Uno de los mayores hipotecas que pueden pesar sobre la vida de una persona es la falta de perdón. El perdón tiene dos aspectos. Ambos se mencionan en el padrenuestro: por un lado necesitamos perdón. Esto tiene que ver con nuestra relación con Dios. Y por otro lado nos hace falta perdonar. Esto tiene que ver con nuestra relación con los demás.

Es precisamente este frase del padrenuestro que Jesucristo jamás hubiera podido orar: “perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.”1 No se aplicaba a su vida. No necesitaba perdón ni perdonar.

Y existe otra curiosidad: la quinta petición de esta oración no habla literalmente del perdón de los pecados. Mas bien se sirve de una terminología que viene del mundo de las finanzas: la condonación de deudas.

Perdónanos nuestras deudas…

Y esto tiene su sentido. En una ocasión el Señor lo explicó con una de las parábolas más escalofriantes: la de los dos deudores.2

En ella sale un hombre que debe una cantidad astronómica. Los intereses en los tiempos de Jesucristo eran altos, y más de uno se endeudaba por necesidad o por capricho, igual que hoy. Al final tenía que pagarlo caro – y nunca mejor dicho. El hombre de la parábola no podía pagar su inmensa deuda. Pero tuvo suerte. Su acreedor – en vez de venderlo a él y a toda su familia como esclavos y quedarse con sus pertenencias – le perdonó esa deuda. La historia podría haber tenido un final feliz. Pero no fue así. Porque allí no terminó.

Nada más salir a la calle como persona libre y sin deudas, se encuentra con un compañero que le debía una suma modesta, nada en comparación con la deuda gigantesca que él había contraído. Y al ver que su amigo no le pagaba se enfadó, le cogió por la solapa y le gritó: “Págame lo que me debes”.

Es una de estas historias que te dejan mal sabor de boca cuando la lees. A uno le empieza a hervir la sangre. Igual como en aquella del hombre rico que roba el único cordero de un pobre para ofrecérsela a unos invitados suyos porque no le da la gana coger uno de su propio rebaño. Todo esto se lo contó el profeta Natán en su momento al rey David que acababa de cometer adulterio y homicidio. E igual que Natán apuntaba a David con las palabras “tú eres el hombre”, la historia de los dos deudores tiene la misma aplicación: los protagonistas somos nosotros, cada uno y sin excepción.

Nuestra situación delante de Dios asusta. En castellano decimos que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Esto nos enseña que de nada sirven los buenos propósitos si no van acompañados de obras. Con cada pecado de comisión u omisión aumenta más nuestra situación dramática delante de Dios. En vez de reducir nuestras deudas, cada día van en aumento. Porque no hay forma de saldar nuestra deuda ya que no estamos en condiciones de redimirnos ni con todos los esfuerzos que hagamos. Es precisamente el gran error de las religiones.

En resumidas cuentas: necesitamos el perdón de Dios. Y eso con urgencia porque nos vemos recluidos en la cárcel de nuestra propia incapacidad sin la más mínima esperanza de salir de allí.

Salvo que alguien pague la deuda. O que nuestro acreedor la perdone.

Jesucristo hizo ambas cosas.

Esto era posible solo para alguien con recursos infinitos. Es interesante que esta gigantesca transferencia para saldar lo que debemos se expresa de nuevo usando un término financiero. Cuando el Hijo de Dios muere en la cruz lo hace con una expresión que en griego se solía escribir en las facturas de aquel tiempo: tetélesthai. Su significado es: “ha sido pagado”. En la cruz se saldó nuestra inmensa deuda. A partir de este momento están abiertas las puertas de nuestra cárcel.

Pero si Cristo ya pagó por nuestras deudas frente a Dios ¿por qué hay que volver a pedir perdón? La respuesta es sencilla: porque todos los días pecamos de nuevo. Nunca debemos olvidar: somos pecadores y por lo tanto deudores delante Dios. Nos hace falta que Dios nos perdone y eso no solamente una vez, sino todos los días, muchas veces. Por eso confesamos nuestros pecados como se nos manda en 1 Juan 1:8. Al mismo tiempo recibimos el perdón de nuestros pecados. De no ser así, nos dice Juan, le llamamos a Dios mentiroso.

Nos hace falta ser perdonados. Y esto se consigue solamente a base de la solvencia infinita de la sangre del Hijo de Dios. Esta es la economía divina que hay detrás de la quinta petición del padrenuestro.

… como también nosotros perdonamos a nuestros deudores

Y ¿cómo afecta esto a nuestra relación con los demás? Es imposible no pensar de nuevo en la parábola de los dos deudores. Porque la pregunta surge ahora: ¿qué vamos a hacer al salir de la esclavitud siendo ya personas libres?

Uno podría pensar que dada la situación ahora nos es fácil perdonar también a los demás. Pero no es así. Lo sabemos perfectamente por experiencia propia. También entre creyentes hay esa incapacidad inexplicable para perdonar, esos rencores que envenenan relaciones.

J.I.Packer escribe:

Los que esperan alcanzar el perdón de Dios, dice Jesús, han de poder decir que ellos también perdonan a sus deudores. No se trata de ganar el perdón por medio de las obras, sino de estar calificado para recibirlo por medio del arrepentimiento.”3

Quien ha recibido el perdón está en paz con Dios. Quien perdona a los demás está en paz con los hombres. Lo primero es condición de vida, lo segundo es condición de un proceso sanador que restaura nuestras propias vidas y nos convierte en personas auténticamente libres.

Las palabras de Jesucristo sobre nuestro deber de perdonar a los demás, no significan que no debemos resistir al mal. No significa ignorar los pecados de otros o pretender que no ha pasado nada. Tampoco significa que no podemos apelar a la iglesia y o las autoridades (Mateo 18:15-20, Romanos 13:1-7) en caso de actos inmorales o criminales.

Pero significa que me puedo permitir el lujo de no guardar rencor y viajar sin lastres y bagaje del pasado hacia la meta que me espera.

Perdonar a los que nos han ofendido o perjudicado no es fácil. Todo lo contrario: a veces es un trabajo bastante duro que nos puede costar más que una noche sin dormir. Perdonar requiere sacrificio. Y por lo tanto, Jesucristo en su vida y su muerte es el único ejemplo a seguir. Perdonar no es obligación, sino es un ejercicio de libertad.

Esto quiere decir: el hombre salió de la cárcel porque sus deudas le habían sido perdonadas. Pero esto no significa que aquel que le debía dinero – aunque solo eran cuatro perras – había recibido el perdón de su propia deuda automáticamente. Le correspondía al primer hombre decir: quédate lo que me debes. Te lo perdono. Pero no fue capaz de pronunciar estas palabras.

Existe una relación directa entre recibir perdón de parte de Dios y perdonar a los demás. Sí, teóricamente puedo insistir en lo que me corresponde. Pero no me corresponde insistir. Ya no. El cristiano puede ser generoso porque lo que ha recibido es mucho más. No se trata únicamente de no tener que devolver una deuda impagable, sino de haber recibido riquezas de un orden mucho mayor: ser llamado hijos de Dios y ser coherederos de sus riquezas.

El creyente se da cuenta del beneficio de una situación donde todos ganan. No poder perdonar, guardar rencor y negarse a olvidar, no caracteriza a los hijos de Dios. Por lo tanto surge una pregunta muy seria: aquel que es incapaz o indispuesto a perdonar ¿realmente ha entendido lo que es el evangelio y su pieza central: la muerte de Cristo en la Cruz?

Jesucristo termina la parábola de los dos deudores así:

Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano.

Notas

1 Mateo 6:12

2 Mateo 18:23-35

3 J.I.Packer: Dios: yo quiero ser cristiano, Libros CLIE (1983), p.226

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