Mis amigos muertos: Pedro Villa

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En el corazón hay dos sentimientos: uno para el placer y otro para el dolor. Cuando decimos “se me ha roto el corazón” estamos confesando que experimentamos un gran dolor. Así me encuentro al escribir este artículo. Siento que mi corazón se ahoga en ternura y me resulta difícil encontrar las palabras adecuadas para expresarme.

En el verano de 1964 viajé por vez primera a Estados Unidos. Después de cinco meses en Nueva York fui a Texas, a una ciudad que ahora anda por 200.000 habitantes llamada Abilene, a 240 kilómetros al norte de Dallas. Allí firmé un contrato para trabajar con El Heraldo de la Verdad, una empresa cristiana de radio, prensa y televisión, con la que hasta el día de hoy continúo en nómina.

El Heraldo de la Verdad estaba conectado con una iglesia de 1.200 miembros en la avenida de Highland. Según mis notas, en esta Iglesia prediqué unas setenta veces a lo largo de años.

En Abilene había una pequeña iglesia de habla hispana. El predicador se llamaba Pedro Villa. Un mejicano de estatura media, regordete, hombre de fuerte carácter. No hablaba inglés. En una ocasión le pregunté por qué no había aprendido el idioma habiendo vivido tantos años en esa ciudad norteamericana. Esta fue su respuesta:

—Que aprendan ellos español.

Otra vez me contó que al regresar de México a Estados Unidos el agente de aduana le preguntó:

—¿Dónde vas, Pancho?

—A Texas, Elvis.

—¿Qué llevas en la maleta, Pancho?

—Ropa y libros, Elvis.

Enojado, el aduanero, un afroamericano corpachón y poco amable, le dijo:

—Yo no me llamo Elvis.

Sin perder la calma, el mexicano respondió:

—Tampoco yo me llamo Pancho.

El predicador Pedro Villa tenía un hijo del mismo nombre y, naturalmente, de igual apellido: otro Pedro Villa. Entablé amistad con él cuando estudiaba para predicador en la Universidad de Abilene. La nuestra llegó a ser esa forma de amistad que no exige nada ni se queja nunca, que sin estar cercanos, donde la palabra es imposible, continúan siendo verdaderos amigos. Cuando el filósofo francés Voltaire dijo que toda la grandeza de este mundo no vale lo que un buen amigo se estaba refiriendo a Pedro Villa hijo y a Juan Antonio Monroy.

El uno de noviembre de 1970 aterricé en el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, Colombia. Fui invitado a hablar en la Octava Conferencia Panamericana de Iglesias. Prediqué cinco veces en español en iglesias de la gran ciudad, dos veces en inglés a los que llegaron de Estados Unidos y cinco mañanas a través de tres emisoras de radio.

Allí estaba mi amigo Pedro Villa hijo. Formaba parte de un grupo de estudiantes de la Universidad que habían llegado a Colombia para apoyar el evento evangelístico. Me sorprendió al decirme que se quedaba en Colombia, que no regresaría a Estados Unidos. Al preguntar por qué, respondió que quería ayudar a las iglesias de Bogotá. Intuyendo que habría alguna otra razón, me la confirmó: “Sí, dijo, estoy enamorado de una joven colombiana”.

Pedro permaneció en Colombia siete años. Regresó a Texas, donde había nacido. Sin dejar su compromiso con las iglesias en Dallas, donde solía predicar, se introdujo en el mundo del cine. Produjo cuatro películas. Tuvo por amigos a actores y actrices muy conocidos en México. Pero Jesús pudo en él más que el cine. Dejó esta actividad y se dedicó de lleno a la predicación del Evangelio. Eran tiempos en los que yo solía ir hasta tres veces al año a Estados Unidos. Cualquiera fuera mi destino en el gran país, siempre hacía un paréntesis viajero en Dallas para estar con mi amigo Pedro.

Como consecuencia de una caída muy dolorosa en el aeropuerto de La Habana, Cuba, en marzo de 2015 fui operado de la rodilla izquierda en Madrid, con implantación de una prótesis. El traumatólogo me recomendó que hiciera ejercicios de rehabilitación y no viajara durante el resto del año. Imposible de cumplir. Dos meses después de operado volé con la compañía Iberia a Colombia, donde desde el año anterior tenía comprometidas series de conferencias en iglesias de varias ciudades. Desde Madrid llamé a Pedro y le puse al corriente de la situación. Dijo que me ayudaría. Y lo hizo. Al llegar al aeropuerto de Bogotá allí estaba él esperándome con una silla de ruedas que había alquilado. Siempre empujando la silla conmigo sentado en ella recorrimos varias ciudades de Colombia donde me esperaban los organizadores de las conferencias. Estuvimos en Bogotá, Medellín, Cartagena de Indias, Cali, Cúcuta y Bucaramanga. Pedro siempre empujando la silla de ruedas que me veía obligado a utilizar. Sin una queja. Cargaba conmigo en hoteles, en taxis, en aviones, hasta dejarme en los púlpitos desde donde yo iniciaba mis charlas. La amistad bien entendida, como era la nuestra, conoce ese sentimiento humano y lo valora positivamente.

Cuando estaba concluyendo este artículo entra en mi teléfono fijo una llamada de Dallas. Telepatía. Percepción a distancia del pensamiento o como se le quiera llamar. Era Arnalda, viuda de Pedro Villa. La conocí en Colombia. Físicamente Pedro no era un Apolo. Algo barrigudo. Rasgos puramente indígenas. Tiraba mas al color pajizo de Moctezuma que al blanco de Diego de Velázquez. Desayunando en una cafetería de Bogotá pregunté a Arnalda qué había visto en aquel hombre para quererlo por marido. Recuerdo su respuesta: “Es el hombre más tierno y más cariñoso que he conocido en mi vida”.

Arnalda me dio detalles de su muerte. Ocurrió el 17 de diciembre último. Los dos fueron contagiados por el coronavirus. Ella se recuperó. Él, que había tenido problemas de pulmón, murió. Se le llevó la carpa, como Hemingway llamaba a la muerte. Muerte. Muerta seas. Con lágrimas que yo bebía a través del teléfono Arnalda me dijo que quería seguir el sueño de Pedro y evangelizar a las personas que Dios pusiera en su camino.

Me despido. Hasta muy pronto, Pedro. Recordando a David y Jonatán mi alma estuvo pegada a la tuya y te amé como a mí mismo. Si en el cielo no dejaran entrar con una pata quebrada dile a quien corresponda que tienes una silla de ruedas alquilada a san Pedro para transportarme por calles de nubes azules y blancas.

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