Última cena y decepción

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Última cena y decepción

Al llegar la noche, Jesús se había sentado a la mesa con los doce discípulos; y mientras cenaban les dijo:

—Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.

Ellos, llenos de tristeza, comenzaron a preguntarle uno tras otro:

—¿Señor, ¿acaso soy yo?

Jesús les contestó:

—Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras, pero ¡ay de aquel que le traiciona! ¡Más le valdría no haber nacido!

Entonces Judas, el que le estaba traicionando, le preguntó:

—Maestro, ¿acaso soy yo?

—Tú lo has dicho –contestó Jesús.

Mientras cenaban, Jesús tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios lo partió y se lo dio a los discípulos, diciendo:

—Tomas, comed, esto es mi cuerpo.

Luego tomó en sus manos una copa, y habiendo dado gracias a Dios la pasó a ellos, diciendo:

—Bebed todos de esta copa, porque esto es mi sangre, con la que se confirma el pacto, la cual es derramada en favor de muchos para perdón de sus pecados.

Os digo que no volveré a beber de este producto de la vid hasta el día en que beba con vosotros vino nuevo en el reino de mi Padre.

Después de cantar los salmos se fueron al monte de los Olivos. Y Jesús les dijo:

—Esta noche, todos vais a perder vuestra confianza en mí. Así lo dicen las Escrituras: «Mataré al pastor y se dispersarán las ovejas». Pero cuando resucite, iré a Galilea antes que vosotros.

Pedro le contestó:

—Aunque todos pierdan su confianza en ti, yo no la perderé.

Jesús le dijo:

—Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo me negarás tres veces.

Pedro afirmó:

—Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.

Y todos los discípulos dijeron lo mismo.

Luego fue Jesús con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo:

—Sentaos aquí mientras yo voy más allá a orar.

Se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a sentirse muy triste y angustiado. les dijo:

—Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quedaos aquí y permaneced despiertos conmigo.

Y adelantándose unos pasos, se inclinó hasta el suelo y oró, diciendo.

—Padre mío, si es posible, líbrame de esta copa amarga; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.

Luego volvió adonde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

—¿Ni siquiera una hora habéis podido permanecer despiertos conmigo? Permaneced despiertos y orar para no caer en tentación. Tenéis buena voluntad, pero vuestro cuerpo es débil.

Por segunda vez se fue, y oró así:

—Padre mío, si no es posible evitar que yo sufra esta prueba, hágase tu voluntad.

Cuando volvió, encontró de nuevo dormidos a los discípulos, porque los ojos se les cerraban del sueño. Los dejó y se fue a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Entonces regresó a donde estaban los discípulos y les dijo:

—¿Aún seguís durmiendo y descansando? Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vámonos: ya se acerca el que me traiciona!

Todavía estaba hablando Jesús, cuando Judas, uno de los doce discípulos, llegó acompañado de mucha gente armada con espadas y palos. Iban enviados por los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos. Judas, el traidor, les había dado una contraseña, diciéndoles:

—Aquel a quien yo bese, ese es. ¡Apresadlo!

Así que, acercándose a Jesús, dijo:

—¡Buenas noches, Maestro!

Y le besó. Jesús le contestó:

—Amigo, lo que has venido a hacer, hazlo.

Entonces los otros se acercaron, echaron mano a Jesús y lo apresaron.

En esto, uno de los que estaban con Jesús sacó una espada y cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

—Guarda tu espada en su sitio, porque todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿No sabes que yo podría rogar a mi Padre, y que él me mandaría ahora mismo más de doce ejércitos de ángeles? pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que estas cosas han de suceder así?

Después preguntó Jesús a la gente:

—¿Por qué venís con espadas y palos a arrestarme, como si fuera un bandido? Todos los días he estado enseñando en el templo, y no me apresasteis. Pero todo esto sucede para que se cumpla lo que dijeron los profetas en las Escrituras.

En aquel momento, todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. (Mateo 20:17-56)

Jesús quiso despedirse, estar con los suyos antes de su muerte y que ellos estuviesen con él. Sin embargo, sabía que estaba solo, no se engañaba. Tenía la gran cena preparada por sus discípulos y aún así, sentía la soledad infinita de quien va a morir sin que nadie lo remedie.

Cada uno de nosotros sabe lo que es sentirse abandonado, notar que la persona que está a nuestro lado no llega a sospechar la gravedad de nuestros males, que no nos comprende.

Sabemos lo que es verse solo ante la empresa a la que el Señor nos conduce. Por eso, con nuestra corta inteligencia, hagámonos una idea de cómo pudo encontrarse Jesús.

Por la parte que les tocaba a los discípulos, estaban animados. Quisieron preparar la Pascua como Jesús propuso. Era el Maestro. Imaginemos la escena. Un grupo de seguidores comiendo y bebiendo juntos pero cada cual a lo suyo.

Se produjeron comentarios de unos, risas de otros, conversaciones que se cruzaban de un extremo a otro de la mesa.

Este estado, tan ajeno al que Jesús sentía, le agrandaba aún más la soledad. Quizá comía poco mientras los suyos devoraban con fruición los alimentos de la celebración.

Veía, cada vez con más claridad, cómo se acercaban los pies de la muerte. No había vuelta atrás. Al no poder aguantar más su pena, de repente pronunció en voz alta aquella primera frase lapidaria y que, con toda seguridad, hizo que se produjera un silencio espantoso:

—Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

Todos dirigieron la mirada hacia el Maestro. ¿Qué estaba diciendo?, ¿a qué venía aquello en plena fiesta? ¿Qué pasaba?

Esta sinceridad pública y espontánea, legítima al cien por cien, que estaría vetada en algunos de nuestros ambientes eclesiales, en los que la sinceridad está mal considerada cuando tiene connotaciones negativas, se la permitió Jesús, que no disfraza la realidad, menos estando al borde de la muerte.

Entendía que en la amistad entre ellos cabía el desahogo.

Si lo que había dicho era espantoso, a continuación suelta la segunda bomba:

—Este Hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien este Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.

Ante estas palabras tan duras, Judas, con toda cara dura, no tiene más que preguntar si el traidor era él. No sólo fue cobarde, sino que actuaba de manera impune.

Se atrevía en esos momentos a disimular su culpa cuando la suerte de Jesús estaba echada gracias a su conducta. ¿Puede ser alguien más hipócrita?

Jesús responde abiertamente con la tercera frase, dura y sin tapujos, contra uno de los que considera de los suyos:

—Tú lo has dicho.

¡Qué nudo debía tener el Señor en la garganta! ¡Qué cena más triste para él! La fiesta se convirtió en puro trámite de despedida, sin que las mentes de los otros tuviesen luces suficientes para alcanzar el martirio que se produciría poco después.

Parece que Jesús se ha propuesto meter la pata para que nadie se divierta. Ha roto la alegría de la fiesta porque lo que le iba a pasar era muy grave y de máxima importancia para todos. No cesa en su empeño de hacerles ver lo que va a ocurrir y dice la cuarta frase:

—Esta noche todos vais a fallar por mi causa, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea.

Continúa mostrando que sabía cuál iba a ser el comportamiento de las personas que tenía más cerca, aquellas que habían vivido junto a él tantos prodigios, que habían recibido sus enseñanzas y que parecían no darse cuenta de nada más que del banquete.

Aun así, aunque es él quien necesita ser animado, les anima, les asegura que seguirá con ellos.

Pedro, por su parte, hace alarde de su amistad y le promete que, aunque los demás le fallen, él no lo hará, y no lo hará hasta que la ocasión se presente.

Todavía no le ha entrado el miedo en el cuerpo. Todavía no ha visto a Jesús preso recibiendo latigazos, goteando sangre. Todavía tiene la imagen de un Jesús hacedor de milagros imposibles y no es consciente de lo que les transmite en esos momentos.

No sabe enfrentarse con la realidad de la muerte de su amigo.

Él y todos los demás tienen la mente cerrada.

No entienden lo que pasa.

Pero el Maestro siente en sus carnes cada vez más cerca lo que le va a suceder. Sabe que las palabras de amistad de Pedro no se harán efectivas hasta que pase un tiempo, pues primero ha de probar lo amargo que resulta negarle tres veces.

El Señor, una vez más hace declaraciones de sinceridad a su amigo para que recuerde cuando llegue el momento y le dice:

Te aseguro que antes que cante el gallo me negarás tres veces.

Estaban espantados ante las declaraciones del Señor pero, cuando poco rato después salieron a orar, ninguno supo permanecer despierto y a su lado. Varias veces tuvo que ir a rogarles que espabilaran y no sirvió de nada.

El mal trago se les había pasado muy pronto. Jesús fue testigo de esos vaivenes de valentía que prontamente se venían abajo.

El resto de la pasión del Señor la conocemos en los distintos evangelios. Demos gracias por la salvación a pesar de la continua desgana que a veces mostramos en nuestro seguimiento.

Concienciémonos y aprendamos que, en los momentos de necesidad, estaremos tan solos como estuvo Jesús. Recordemos que el estado de soledad se desarrolla, la mayoría de las veces, rodeado de la gente que queremos. Por otro lado, nosotros no nos posicionamos a la altura de la necesidad de nuestro amigo.

Somos como los discípulos. Conocemos su problema y nos empeñamos en quitarle importancia, así nos libramos de ponernos en su lugar.

El Señor se expresó con sinceridad sin dejar de amar a aquella gente de singulares caracteres que componía su grupo. Todo un ejemplo para nosotros.


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