Una mujer de fe

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Vivir de las migajas.

Puede resultar ofensivo que alguien hable de ti diciendo que eres una mujer que busca saciarse de la caridad ajena. Nunca me ha importado lo que piensen los demás, y mucho menos, cuando ves diariamente sufrir a quien más quieres, ese ser que vive siendo azotado por la enfermedad. Ante tal brutal sacudida de dolor no tienes más remedio que buscar ayuda para así poder paliar el sufrimiento de quien tanto amas.

Con el paso de los días descubres que tu situación no cambia, que todo cuanto te rodea se ve trucado por la dolencia de esa persona que vive junto a ti y que cada vez se aleja más y más.

Te armas de valor, dejas a un lado tus miedos e imploras ayuda.

No te importa llamar a puertas que no se abren, no te importa porque sigues teniendo fe, esperanza en que algún día alguien te escuchará y tendrá piedad de ti.

Fe. Palabra pequeña que implica una gran acción.

Sientes que la vida se escapa, que esa parte tan tuya se hunde en un pozo de desesperación. Entonces, te lanzas sin red, das un triple salto al vacío aferrándote a lo que sea con tal de sufragar una vida.

Un día oyes hablar de Él y sin pensarlo te acercas. Abres tu corazón, lo miras y desnudas tu alma.

Y sin mediar una palabra, sus ojos posados en ti lo cambian todo.

Sientes su compasión. Sabes que entiende ese dolor que te hiere.

Su mirada te acuna haciéndote sentir que no estás sola. Abre sus brazos ofreciéndote seguridad, un rincón plácido donde desahogar tu llanto.

Jamás había sentido tanto amor. Jamás nadie me había tratado con tanto cariño.

Expongo mi ruego. Emito mi súplica, encontrando en sus oídos el lugar idóneo en el cual se han de deshacer, confiando que su gracia sea derramada sobre el objeto de mi petición.

(Mr. 7.24-30)


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