El doble estigma de los refugiados LGTBIQ+ en Uganda.

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Bella Perrez ha aprendido a soportar golpes desde que era pequeña. Sus padres murieron cuando ella aún pensaba que era un niño. Tenía 15 años. Perrez descubrió su identidad femenina mientras crecía con sus hermanos, después de asumir los roles de un adulto en un barrio obrero de Buyumbura, la antigua capital de Burundi. Desde entonces, nunca ha parado de ocultarse.

En 2009 recibió otro golpe: su Gobierno aprobó la pena de cárcel para los que mantuviesen relaciones íntimas con personas del mismo sexo. Pero la estacada más dura llegó seis años después. Para presentar su candidatura en las siguientes elecciones, el presidente eliminó los límites de mandatos que establecía la constitución burundesa e intensificó una campaña de represión contra sus presuntos opositores, incluida la comunidad LGTBIQ+. Los policías buscaban a Perrez para detenerla. Entraron en su casa. Ella tenía tanto miedo que decidió huir, refugiarse en Uganda.

Perrez se marchó de inmediato en un autobús. Era de noche. El conductor puso una película de disparos. La luz mortecina de la televisión iluminaba el rostro de los pasajeros, que se reflejaban en las ventanas. Perrez no se reconocía en ese cristal: el pelo corto, ropas oscuras de hombre. Ella era otra persona. Pensaba que en Uganda encontraría un lugar seguro para ser ella misma. Pero en realidad, continuó resistiendo golpes.

Según un estudio de 2013 del think tank estadounidense Pew Research Center, el 96% de los ugandeses no tolera la homosexualidad

En su casa actual, una habitación diminuta que alquila en Kampala, la capital ugandesa, esconde sus tacones detrás de un armario por si un desconocido irrumpe inesperadamente. Toma todo tipo de precauciones. Guarda su identidad en la memoria de su teléfono inteligente: después de maquillarse o ponerse sus prendas preferidas, no puede compartir sus fotos.

Según un estudio de 2013 del think tank estadounidense Pew Research Center, el 96% de los ugandeses no tolera la homosexualidad. Por eso, los refugiados LGTBIQ+, además de la inseguridad que les produce estar alejados de los lugares donde nacieron, de los pueblos con los que comparten culturas o idiomas, de rostros familiares, deben mantener sus identidades en secreto.

Pero no están callados. Pelean por sus derechos en organizaciones clandestinas. Celebran reuniones discretas dentro de sus casas. Usan sus teléfonos móviles para mandar dinero a los que lo necesitan. U ofrecen abrigos seguros a los miembros perseguidos o desahuciados. Perrez, que conoce de primera mano los problemas a los que se enfrenta los refugiados LGTBIQ+, es la subdirectora de una de esas organizaciones: Rainnow Heritage Initiative.

Huir de la homofobia

En Uganda residen 1,4 millones de refugiados. Aunque esta nación tiene uno de los modelos de acogida más generosos del mundo según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la comunidad LGTBIQ+ encuentra innumerables obstáculos. Perrez tardó ocho meses en conseguir los papeles que confirmaron su estatus de refugiada. Hasta ese momento, se trataba de una inmigrante ilegal. Los funcionarios del gobierno de Uganda se negaron a entregarle los documentos cuando descubrieron que ella era una mujer.

«Decían que no tenían espacio para mí», recuerda. «Después me amenazaron con encarcelarme si no me largaba de sus oficinas». El visado de Perrez caducó. Sus ahorros se terminaron. Tuvo que prostituirse para pagar el alquiler de su casa.

Perrez tuerce su mirada cuando habla de los momentos en los que debió prostituirse. Lo hizo durante dos años. Una de las razones principales por las que colabora con Rainnow Heritage Initiative es impedir que otras personas LGTBIQ+ tengan que convertirse en trabajadores sexuales en contra de su voluntad. «No podía denunciar los abusos porque la Policía también me perseguía», dice Perrez.

Bella Perrez: «Tenía miedo de salir de casa. Me arrepentí de haberme refugiado en Uganda»

«Tenía miedo de salir de casa. Me arrepentí de haberme refugiado en Uganda. Quería escapar a otro país. Pero era demasiado tarde para subsanar mi error. Cuando otros burundeses LGTBIQ+ me dicen que quieren venir a Uganda, les pregunto: ‘¿Ya encontrasteis algún trabajo?’. Sin dinero ni papeles para conseguir un trabajo estable, no tenemos más remedio que convertirnos en prostitutas».

Patrick Baussi (nombre ficticio por razones de seguridad) es un hombre de 25 años. Llegó a Uganda desde la República Democrática del Congo en  2014. Desde entonces, ha sido despedido de dos trabajos. Sus jefes lo hicieron en cuanto descubrieron su orientación sexual. Además de quedarse parado, ha perdido decenas de amigos y contactos. Ha pasado hambre, pero, aunque lo pensó en numerosas ocasiones, nunca se ha prostituido porque «le da mucho miedo».

Baussi estaba acostumbrado a tener sueños grandes. Estudiaba medicina en una universidad modesta. Se esforzaba mucho para sacar buenas notas. Pero, cuando sus compañeros de clase descubrieron que estaba saliendo con otro chico, su suerte cambió. Los rumores corrieron tan rápido que llegaron a todas las esquinas de Bunia, su ciudad, antes de que Baussi pudiese desmentirlos. Bunia era una ciudad pequeña. Todos conocían a la familia de Baussi, unos empresarios prósperos. Su vida se transformó en una pesadilla de insultos.

«Me señalaban, me tiraban botellas de agua», recuerda Baussi. «Mis padres también recibían comentarios cada día». El resultado de esa presión llegó poco tiempo después: sus familiares lo echaron de casa. Solamente su hermana aceptó su orientación sexual.

El este del Congo es el escenario de una guerra eterna en la que luchan más de 130 grupos armados. Sin embargo, Bunia era un lugar más o menos seguro. Los combatientes no solían acercarse a la ciudad. En vez de escapar de la guerra, Baussi huyó de la homofobia. «Nunca imaginé que en Uganda tendría más problemas que en el Congo», dice. «He conocido a personas asesinadas por su orientación sexual. Otras han recibido palizas brutales. Tenemos que escondernos todo el tiempo…». Baussi ha pedido ayuda a la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y ahora sueña con terminar sus estudios de medicina en un país nórdico.

Refugiados LGBT de Sudán del Sur, Uganda y la República Democrática del Congo protestan para exigir su protección en la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Nairobi, Kenia, el 17 de mayo de 2019. - AFP
Refugiados LGBT de Sudán del Sur, Uganda y la República Democrática del Congo protestan para exigir su protección en la oficina de ACNUR en Nairobi, Kenia, el 17 de mayo de 2019. – AFP

La influencia de las iglesias evangelistas

La doctora Sylvia Tamale, profesora de derecho en la Universidad Makerere (Uganda), ha documentado cómo numerosos pueblos de África mantenían relaciones pacíficas con las personas LGTBIQ+ antes del período colonial. Incluso cuando los colonizadores europeos penalizaron las relaciones con personas del mismo sexo, muchos africanos respetaron la homosexualidad como un asunto privado.

Esto cambió en 2009. Entonces, centenares de iglesias evangelistas propagaron toda clase de mensajes homofóbicos. Los medios de comunicación mostraron cómo el pastor estadounidense Scott Lively se acercó a políticos ugandeses poderosos como David Bahati, que propuso la pena de muerte para las personas que intentaban «expandir la homosexualidad» en su país. Aunque ese proyecto de ley nunca se puso en marcha, el presidente Yoweri Kaguta Museveni recomendó en 2014 castigar a las personas LGTBIQ+ con la cadena perpetua, probablemente para obtener más popularidad antes de las elecciones del 2016.

El presidente Yoweri Kaguta Museveni recomendó en 2014 castigar a las personas LGTBIQ+ con la cadena perpetua

«Las iglesias evangelistas cambiaron Uganda», dice un miembro de la organización Sexual Minorities Uganda (SMUG) que prefiere ocultar su identidad. «A partir del 2009, muchos perdimos nuestros trabajos, hogares o familias. Esas hostilidades condujeron al asesinato del activista David Kato en el 2011».

Perrez no sabía nada sobre esto cuando escapó de Burundi. Ambos países tenían escenarios parecidos para las personas LGTBIQ+. El mandatario burundés Pierre Nkurunziza les declaró la guerra en 2009. Como muchos políticos de Uganda, el presidente Nkurunziza también mantenía una relación estrecha con las iglesias evangelistas estadounidenses: era un «cristiano renacido» que acompañaba sus mítines con coros religiosos. Después de aprobar la pena de cárcel para aquellos que tengan relaciones íntimas con personas del mismo sexo, la administración burundesa comparó la homosexualidad con «una maldición».

Nkurunziza, que murió repentinamente el 8 de junio de un presunto ataque al corazón, era el presidente de un país hambriento: cerca de la mitad de los burundeses —el 45%— tiene dificultades para mantener dietas saludables. Burundi es, de acuerdo con el Programa Mundial para los Alimentos (WFP), el país más hostigado por la malnutrición crónica de todo el planeta: el 56% de los niños presenta retrasos en el crecimiento.

Mientras millones de ciudadanos se acostaban cada noche con sus estómagos vacíos, la Administración de Nkurunziza luchaba para mantener su poder. En 2015, cuando el mandatario anunció su intención de presentarse en las siguientes elecciones a pesar de que la Constitución prohibía un tercer mandato, el Gobierno aumentó la represión. Según Amnistía Internacional, el miedo a ser asesinados o torturados por los cuerpos de seguridad empujó a centenares de miles de personas a abandonar sus hogares. En la actualidad, más de 333.500 refugiados burundeses permanecen en el exilio.

Bella Perrez en la puerta de su casa en Kampala. - PABLO MORAGA
Bella Perrez en la puerta de su casa en Kampala. – PABLO MORAGA

En todos los países del este de África, los refugiados LGTBIQ+ chocan con los sermones homofóbicos de los pastores evangelistas. Sus iglesias están por todas partes. Para muchas personas humildes, cantar en esos centros o escuchar las diatribas de los líderes religiosos son sus únicos momentos de ocio. Los esperan impacientes toda la semana.

Mientras que algunas iglesias acogen a miles de fieles cada domingo, otras son edificios humildes, oscuros, donde los asistentes bailan con entusiasmo hasta llenar todo el aire de sudor. Las encuestas del Centro de Investigaciones Pew, además de indicar que las iglesias pentecostales y evangélicas de África tienen más seguidores que el catolicismo al menos desde 2011, una disparidad que aumenta todos los años, han demostrado que el 95% de los ugandeses asegura que la religión es muy importante en sus vidas.

En todos los países del este de África, los refugiados LGTBIQ+ chocan con los sermones homofóbicos de los pastores evangelistas

Al menos una quinta parte de las ONG que operan en Uganda pertenecen a las iglesias evangélicas. Gracias a sus dilatadas redes de financiación internacionales, esas organizaciones han sustituido al Estado en muchos lugares, proporcionando a las comunidades educación primaria o secundaria, servicios sanitarios e incluso alimentos de emergencia. Se han transformado en una plataforma para mantener «un impacto duradero» de las ideologías ultraconservadoras en todo el continente, como argumentó la investigadora Katharina Hofer.

En Uganda, además de trasladar los discursos homofóbicos a los parlamentos, los líderes religiosos han cuestionado los programas contra el VIH/SIDA o la educación sexual. El presidente Nkurunziza también antepuso sus creencias religiosas a las recomendaciones de los médicos cuando la covid-19 aterrizó en Burundi. Apenas tomó medidas para contener la pandemia y permitió las aglomeraciones públicas porque, de acuerdo con su portavoz, la nación había «firmado un pacto especial con Dios» que la «protegerá de cualquier hecatombe».

Ni siquiera los sermones homofóbicos de los pastores han destruido la fe de Perrez. Ella creció en una familia católica, pero ahora es una «cristiana renacida». Con el paso del tiempo, Perrez ha aprendido a no enfadarse cuando los líderes  religiosos despotrican contra la comunidad LGTBIQ+. Simplemente permanece en silencio, pensando que esos hombres no saben qué están diciendo. «Me da igual si los pastores nos insultan», opina Perrez. «Estoy completamente segura de que Dios respeta a las personas LGTBIQ+ porque nosotras también somos parte de su creación», concluye.

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